Carta 0. “Todos los vientos llegan a casa”

 

Carta 0. “Todos los vientos llegan a casa”

Escrito por: Lynette Seraphyde

““Dicen que los vientos de Sylvarae nunca se detienen: bailan entre los árboles, juegan con los pétalos y susurran secretos antiguos a quien sepa escucharlos. Aquella mañana, sin embargo, los sentí mudos.”

- Lynette Seraphyde.

En el reino de Sylvarae, el gremio de aventureros de Lethwyb abría sus puertas con el amanecer. La bruma aun flotaba como seda entre las ramas altísimas del bosque, y el canto de las aves sonaba como un murmullo perezoso desde las copas. A pesar de lo temprano, la sala del gremio bullía con el usual caos: mercaderes ofreciendo contratos, guerreros quejándose de la calidad de la comida y algún novato babeando por las recepcionistas que nunca les devolvía la sonrisa.

Una chica con la mirada seria y calculadora, un cabello negro como el azabache y unos ojos de tintes cálidos, estaba apoyada contra una columna, lanzando su daga al aire sin mirar. Su gesto era de impaciencia mientras miraba a un chico rubio, un poco más alto que ella, que luchaba con la cremallera de su peto como si fuera un enemigo demoniaco.

--¿Otra vez con ese cierre? —Dije, acercándome con una sonrisa torcida.

–Tiene voluntad propia, estoy seguro que esta cosa tiene una maldición –exclamo Claudius.

--No es una maldición, simplemente eres un imbécil. –Exclamo Julia mientras atrapaba su daga con elegancia. A veces, una chispa eléctrica se deslizaba por el mango, como si incluso su arma supiera que no debía discutir con ella.

Nos conocimos hace un par de años, en una misión de escolta cerca de la frontera de Aeltherus. Yo ya había dejado Elyndor para embarcarme en esta vida de aventura. Ellos nunca preguntaron demasiado, y yo nunca conté más de lo necesario. Desde entonces, compartimos senderos, risas y silencios. Julia era de pocas palabras, dura como una roca y precisa como una flecha, a pesar de su lengua afilada posee un gran corazón. Claudius, su opuesto perfecto, hablador, gracioso a su manera con su infaltable comentario en momentos de seriedad, algo torpe, pero de corazón noble. Se conocían desde la infancia. Y yo… bueno, yo era la que aun cargaba con un nombre que no podía ser revelado.

--¿Estas segura de que no prefieres una misión más… heroica? –pregunto una voz tierna y suave a mi lado.

Era Theren, cabello oscuro recogido, mirada firme pero amable, una espada envainada cruzada en su espalda. Siempre estaba cerca. Siempre dispuesto. Siempre sonriendo cuando yo no lo hacía.

Lo sabía. Y él sabía que yo lo sabía. Pero nunca lo dijo en voz alta, y yo… nunca quise hacerle daño. Le devolví la sonrisa y negué con suavidad.

Siempre estaba cerca. Siempre dispuesto. Siempre sonriendo cuando yo no lo hacía.

Lo sabía. Y él sabía que yo lo sabía. Nunca lo dijo en voz alta. Y yo… nunca quise hacerle daño.

Le devolví la sonrisa. Pequeña. Lamentable. Y negué con suavidad.

Su mano en mi hombro fue cálida, como fuego en invierno. Una promesa que nunca pedí, pero que seguía ahí.

--Monstruos en un lago suena heroico. Y algo húmedo.

Julia con una mirada seria y sonrisa cínica, soltó una carcajada escasa, casi como un suspiro sin voz.

--Más húmedo que heroico.

--Igual le haremos un favor a los aldeanos –dijo Claudius de forma heroica, luego de ganar la batalla contra la cremallera--. ¿Quién más lo haría si no somos nosotros?

Theren parecía querer decir algo más, pero se detuvo. En su lugar, apoyo una mano en mi hombro un segundo. Calor. Amistad. quizás algo más. Cruzamos miradas sin decir nada y se marchó.

Y nosotros partimos a nuestra nueva misión.

Caminar por Sylvarae es como andar sobre una pintura viva. Las raíces se entrelazan como caminos antiguos, los hongos brillan en tonos que no deberían existir, y el aire huele a hojas húmedas y a magia vieja.

No sé si será por mi alta afinidad al elemento viento, pero algo iba mal.

El bosque estaba… en silencio. Un tipo de silencio que no es natural, que presagia una tormenta… o una revelación.

--¿Dónde están los animales? –murmuro Julia, mirando a su alrededor. –Huyendo tal vez—dije.

No tardamos en encontrar el lago. Sus aguas eran negras y quietas, como si reflejaran un cielo nocturno a pleno día. Pero no habían señales de monstruos. No hubo rastro de garras, escombros, batallas. Solo el silencio… y la sensación de que algo nos observaba.

Y entonces, como si el bosque escuchara los susurros del pasado, el suelo cedió bajo nuestros pies. Mirando atónitos el cielo azul mientras caímos.

Cuando abrí los ojos, la luz era tenue y azulada. Estábamos en una cámara subterránea, cuyas paredes no eran de roca natural, sino de piedra tallada con símbolos desconocidos, iluminada por los hongos que tenían una leve carga de magia elemental. El aire estaba seco, a pesar de estar bajo un lago. Y en el centro… un mural.

No era pintura. Era una inscripción esculpida con precisión divina. Las letras no eran de ningún idioma actual. Pero yo las entendí. Porque no eran palabras. Eran ecos, ecos del pasado.

“…cuando la Luna doble su reflejo,

y la Calamidad arda sin fuego,

la sangre de la corona abrirá las puertas,

y el hogar del cielo se oscurecerá…”

Mis dedos temblaban mientras rozaba la piedra. Julia estaba maravilla observando los hongos, puedo decir que es la primera vez que la veo sonreír de forma tan adorable. Claudius estaba en silencio, observando el entorno maravillado, tal vez pensando en cuanto dinero nos darán por tal descubrimiento.

Y yo, yo… no podía respirar.

El mural, la escritura, me traía recuerdos de mis días en el castillo. De aquella noche donde escuche una conversación de mi padre con los eruditos de Elyndor.

“No es solo un poema, es una especie de profecía, un mensaje para la gente del futuro para que se preparen para lo que sea que se venga” – fueron las palabras de Arklen, erudita y directora del centro de magia e investigación del reino.

--La gente del futuro... –susurre antes que Julia me tomara de la mano.

--¿Qué demonios es este lugar? –exclamo Julia mostrándome un hongo iluminado. –¿Una tumba tal vez? –respondió Claudius mientras seguía embobado mirando los símbolos.

--Tal vez son ruinas prohibidas resguardadas por entes espectrales. –respondí mientras Julia apretaba mi mano con fuerza y su expresión cambio de asombro a un miedo profundo.

--De todas formas, debemos informar al gremio sobre el descubrimiento, ya saben cómo son las políticas de Sylvarae al respecto de las ruinas. –dijo Claudius mientras se acercaba a nosotras. –además, nos darán un dineral por este descubrimiento –finalizo con un tono picaron.

Mientras volvíamos a la salida de las ruinas, no dejaba de pensar en ese mural.

No era solo un poema antiguo, era un mensaje para nosotros. Era la profecía.

Y hablaba de ella.

Del arcano Lunar.

De mi hermana.

De Celestine.

Y del mundo que se partirá en dos si no lo impedíamos.

--¿Qué les parece si después de esta misión, nos vamos a Elyndor? –dije de forma espontánea. Los ojos de Julia se entrecerraron. --¿Elyndor? ¿Ese no es tu país natal?-

--Creo que ya es momento de visitar a mis padres. Han pasado tres años...—

No dije "desde que escapé". Ni "desde que dejé de ser princesa". Pero lo pensé.

--Elyndor suena bien, nunca he estado en ese país. –Respondió Claudius –además, dicen que la comida es Es-pec-ta-cu-lar.

--Pobre Theren, se le partirá el corazón al ver que su querida Lynette ya no estará.

--Eso le pasa por no dar el primer paso. Si no confiesas lo que sientes, no esperes que la otra persona te corresponda. –dijo Claudius con una posición altanera.

Julia volvió a su típica mirada seria, como si quisiera golpearlo a la cara –siempre dices cosas en los momentos menos importunos, y me dan unas ganas de golpearte por eso—

Los miré a ambos y empecé a reír, y ellos quebraron con una cómplice risa, sellando así nuestro nuevo destino rumbo a Elyndor. Dentro de poco tendré que contarles la verdad sobre mí.

Mientras trepábamos de regreso a la superficie, una brisa suave nos acarició el rostro.

Los vientos de Sylvarae volvían a moverse.

“Todos los vientos pasan por el hogar.”

Y por fin, después de tanto tiempo, yo estaba lista para regresar.

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