Carta 1. “Aún no sé quién soy”
Carta 1. “Aún no sé quién soy”
Escrito por: Celestine Seraphyde
"A veces, la verdad más poderosa es aquella que aún no
sabemos que poseemos."
-
Aelric Seraphyde.
Mi nombre
es Celestine Seraphyde, princesa
heredera de Elyndor. Desde que tengo uso de razón, me han dicho lo que debía
ser, un símbolo de paz, la guardiana de la tradición, la voz del reino. Me
enseñaron a hablar con elegancia, a caminar con propósito, a no temer la
soledad de las decisiones reales.
Y, sin
embargo, nunca me enseñaron a buscar
algo propio.
Hace unas semanas me aceptaron en la academia de
Thalvarion, en el país de Noctharion. Puede que suene algo testaruda, pero en
el fondo sabía que era lo que esperaban de mí, así que no tengo mucha ilusión
de lo que pueda pasar en mi estadía en la academia.
Una tarde matando el tiempo en la biblioteca del
castillo, me encontré con Ankler Vermillion, la erudita más joven en la historia de la corte. Solo tiene
veintiocho, pero su mirada parece haber vivido siglos. Lentes redondos, cabello
castaño hasta el cuello, siempre despeinado por alguna corriente de aire
rebelde que, me dijo una vez, “es mi elemento en todos los sentidos”. La conocí
cuando tenía catorce años, y desde entonces la admiré en silencio.
—¿Sabes
qué hace único al viento, Celestine? —me dijo mientras sostenía un pergamino
flotante con una runa brillante.
—¿Que
viaja por todo el mundo?
—Que es
libre. Y no pide permiso para tocar lo que ama.
Me reí.
Ankler hablaba en acertijos, pero siempre con una dulzura serena.
—Tu padre
me pidió ayuda con unos registros antiguos. Parece que el avistamiento de una
estrella luminosa coincide con el día de tu nacimiento. ¿Sabes lo que eso
significa?
—¿Que tendré
una vida luminosa? –respondí con una sonrisa temblorosa.
—Que
probablemente no estás destinada a
vivir una vida común.
Su mirada
se volvió más seria por un segundo.
—¿Eso te
asusta?
No supe
qué responder, un nudo se formó desde el más profundo rincón de mi ser, lo que
me impidió darle una respuesta firme a su pregunta.
Ankler
sonrió, agitando su mano para disipar el pergamino.
—No
tengas miedo del viento. Aprende a volar con él.
Al día
siguiente en el patio norte, mi padre, el rey Aelric entrenaba con su fiel espada, como hacía todas las
mañanas. Aunque era el rey, siempre había preferido el sudor al protocolo. Lo
observé mientras su espada surcaba el aire con una fuerza firme.
—¿No tienes
algo más interesante que espiar a un pobre viejo? —dijo sin mirarme, entre
pasos de combate—. Aunque debo admitir que tienes talento para moverte sin
hacer ruido.
—¿Por qué
sigues entrenando, si vivimos en una época de paz con los países vecinos?
—Porque
la paz no se mantiene con discursos. Se mantiene con convicción.
Cuando
terminó, se acercó y me tendió una piedra tallada.
—Tómala.
—Es...
¿una piedra? –la mire con confusión.
—No es
cualquier piedra. Es una piedra que me entregaron cuando descubrí mi elemento tierra. Firmeza, paciencia y
profundidad. Es lo que guía mis decisiones.
—¿Y qué
guían las mías?
Me miró,
pensativo.
—Aún no
lo sabes, ¿verdad?
Negué.
Él se arrodilló
para quedar a mi altura, y su tono fue más suave.
—Celestine…
no tienes que ser como yo. Ni como tu madre. Mucho menos como Lynette. Ni
siquiera lo que el reino espera. Pero cuando llegue el momento, tendrás que
tomar una decisión que nadie más podrá tomar por ti. Y yo estaré contigo,
incluso si no estoy físicamente a tu lado.
--Padre,
¿odias a mi hermana? –le pregunte mientras miraba esos ojos azulados como
zafiros.
--Nunca
las odiare, ni a ti ni a tu hermana. Que se haya ido del reino demuestra su
fuerte convicción, no hagas caso a lo que hablan los demás nobles de ella.
Ellos nunca entenderán.
Lo abracé
con fuerza. A veces me costaba ver a mi padre como un rey… porque para mí, él
siempre fue mi héroe.
La tarde
anterior de mi partida de Elyndor a la academia, mientras el sol teñía el patio
de dorado, Natalie entrenaba en el campo de tiro.
Natalie y
yo crecimos juntas. Ella no es noble, es una chica legoriana que mi padre
rescato en una visita política y que le juro lealtad a nuestra familia. Ella se
convirtió en mi sombra, en mi guardaespaldas, y, por sobre todo, en mi mejor
amiga.
Tiene
garras afiladas, dientes perfectos, un apetito feroz y una puntería letal con
los dardos. Pero también tiene un corazón más cálido que cualquier estufa del castillo.
Natalie
entrenaba en el campo de tiro. Sus dardos cortaban el viento con una precisión
impecable, uno tras otro, clavándose en círculos cada vez más pequeños.
—¿Sabías
que sería así de buena? —me dijo con una sonrisa desafiante.
—Lo
sospechaba desde que hiciste llorar al instructor con siete años.
—Ese
idiota no debía llamarte "princesita de cristal".
Se secó
el sudor con el brazo y me ofreció un dardo.
—¿Quieres
intentar?
—Prefiero
no hacerle daño al césped.
Nos
reímos juntas.
Después,
sentadas en el jardín, compartimos frutas dulces y pan con queso recién
horneado.
—¿Crees
que encajaremos en la academia? —pregunté.
—Tú serás
la princesa brillante. Yo… la fiera que nadie querrá molestar.
—¿Y si no
somos bienvenidas?
—Entonces
hare que nos respeten. Y en el peor de los casos, me temerán.
Me reí.
Natalie era fuerte, sí, pero su fuerza siempre estaba al servicio de
protegernos.
—A veces
me pregunto si Lynette también se sintió fuera de lugar.
Natalie
dejó el pan a medio comer.
—¿La
extrañas?
—Mucho.
Me dolió que se fuera… sin decirme adiós. Pero no la odio. Al contrario. La respeto más que a nadie. Porque
tuvo el valor de buscar su propio camino.
—Quizás
tú también lo harás —dijo Natalie, mirándome con ternura.
—Tal vez…
cuando sepa cuál es ese camino.
Al caer
la noche, en los salones del ala oeste, vi a mi madre sentada frente a un
espejo. Su rostro, perfecto e inexpresivo, parecía tallado en hielo, cabello
liso como el carbón y unos ojos plateados como el níquel. Pero detrás de sus
ojos… había una tormenta contenida.
—¿No
deberías estar durmiendo? —me preguntó sin girarse.
—Quería
verte antes de partir.
Se
levantó y caminó hacia mí, tomando mi rostro entre sus manos frías.
—Prométeme
algo, Celestine.
—¿Qué
cosa?
—Nunca
dejes que otros definan quién eres.
—¿Ni
siquiera tú?
—Especialmente
yo.
Me abrazó
con fuerza. Y en ese momento, sentí algo que rara vez mostraba: temor.
Ella
lo sabía. Que algo en mí estaba destinado a romper el curso habitual. Lo supo
mucho antes que mi padre. Mucho antes que yo.
—Madre, ¿a
qué le temes?
—No le
temo al destino. Temo que lo aceptes sin cuestionarlo.
Sus
palabras fueron más que un simple consuelo. Ocultaban algo. Algo que, quizás,
también llegue a temer.
Al
amanecer, Natalie y yo subimos al carruaje rumbo a la academia Thalvarion. El
castillo quedó atrás, pero las preguntas me seguían. En mi mano, la piedra de mi padre. Un fragmento de su convicción… aún
buscando su forma en mí. En mi alma, la sombra de mi hermana. Y en mi
pecho, algo desconocido… como una luz que
aún no se atrevía a despertar.
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