Carta 2. “Ecos de lo Desconocido”

 

Carta 2. “Ecos de lo Desconocido”

Escrita por: Celestine Seraphyde

"No toda luz ilumina el camino; algunas revelan lo que temíamos ver."
– Ankler Vermillion.

Llegamos a Thalvarion bajo un cielo grisáceo, cubierto por nubes tan estáticas que parecía que el tiempo mismo se hubiera detenido a contemplar la torre central de la academia.

El carruaje se detuvo frente a las puertas de ónix. Natalie bajó primero, con una mano sobre el mango de su daga y la otra extendida para ayudarme. Sus ojos recorrieron el entorno con desconfianza. Yo, en cambio, solo podía mirar hacia arriba.

La Academia Mágica de Thalvarion. La fortaleza del conocimiento, decían. Un santuario de sabiduría tallado en piedra negra y cristal, donde los secretos del mundo se estudiaban y se temían por igual.

Y ahora… yo iba a ser parte de ello.

Dentro, fuimos recibidas por un joven profesor que parecía más nervioso que yo. Nos guió por los pasillos sin hacer demasiadas preguntas, hasta que llegamos a una gran puerta iluminada por esferas flotantes de luz tenue.

—Adelante —dijo una voz desde el otro lado de la puerta. Una voz profunda, pausada. Como si cada palabra que pronuncia hubiese sido elegida con meticulosidad.

La puerta se abrió sola.

Natalie y yo cruzamos el umbral. La oficina era alta y estrecha, con muros tapizados de libros viejos y mapas del mundo colgando entre vitrales oscuros. El aire olía a incienso y tinta seca.

Tras un escritorio de ébano estaba él. Averan Dreylis. No era tan mayor como imaginaba. Ni tan joven como su rostro sugería. Tenía ojos color obsidiana, sin brillo, y una túnica que parecía hecha de sombra líquida. La sala se sentía más fría con él dentro.

—Princesa Celestine —dijo, sin levantarse—. O... ¿prefieres que te llame sin tu título nobiliario?

Sentí la piel tensarse. Natalie me miró, sorprendida.

Yo asentí con serenidad.

—Celestine está bien. Vengo como estudiante, no como princesa.

El director sonrió, apenas. Sus dedos delgados se movían como si escribieran una partitura invisible sobre el escritorio.

—Thalvarion agradece tu presencia. —Luego giró hacia Natalie—. Y tú debes ser la joven Natalie, afinidad dendro. Talento curioso, potencial en germinación.

—He entrenado para esto desde niña —dijo ella, con firmeza.

—Todos han entrenado desde niños. La diferencia es quién sobrevive a lo que no se enseña —replicó, sin levantar la voz, como si supiera sobre su pasado.

Natalie apretó los labios, pero no respondió.

Averan se levantó entonces. Su túnica no crujía ni arrastraba; era como si flotara. Caminó lentamente hasta una vitrina donde reposaban artefactos sellados: esferas, fragmentos de hueso, relojes sin manecillas.

—Esta academia es más que un lugar de estudio. Es un filtro. Separa el saber útil del saber peligroso. Algunos maestros enseñan lo primero. Yo... administro lo segundo.

Lo dijo como quien advierte, pero no amenaza. Había una calma peligrosa en él. Como si supiera algo de nosotras que aún no habíamos descubierto.

—¿Y nosotras qué aprenderemos aquí? —pregunté.

—Magia, claro. Historia. Control. Pero también aprenderán a escuchar lo que la mayoría prefiere ignorar. Las grietas en la realidad. Las sombras entre hechizos.

—¿Eso está en el plan de estudios? —ironizó Natalie.

El director se giró hacia ella con una leve inclinación de cabeza.

—En el papel, no. Pero en Thalvarion, lo que no se enseña... se revela.

Entonces sus ojos se posaron en mí. El aire pareció densificarse.

—Tú oyes las voces, ¿verdad?

Sentí un escalofrío recorrerme la columna. Natalie se giró hacia mí, confundida. Yo tragué saliva.

—¿Qué voces?

—Las que susurran desde el otro lado del éter. Las que duermen bajo la luz esperando ser despertadas de su letargo.

Sus palabras eran demasiado exactas. No sabía si me estaba probando, adivinando... o leyendo.

—Yo solo vine a estudiar —mentí.

Él asintió, como si mi respuesta también hubiese sido prevista.

—Entonces estudia. Y no mires debajo de las puertas cerradas… a menos que estés dispuesta a pagar el precio de abrirlas.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, eléctrico.

Luego hizo un breve suspiro.

—Pueden retirarse. Las habitaciones ya están asignadas.

Cuando salimos al pasillo, Natalie exhaló como si hubiese estado conteniendo el aliento.

—Ese hombre me da escalofríos —murmuró—. Y eso que yo crecí con abejas asesinas.

No respondí. Solo miré hacia la puerta de la oficina del director.

Averan Dreylis no era solo un director. Era un guardián de secretos. Y tenía la sensación de que él sabía exactamente cuál era el mío.

--Necesito buscar un lugar para relajarme.

--¿Te refieres a la biblioteca? –Soltó Natalie mirándome con una sonrisa cómplice. –No me gustan esos lugares, muchos libros hacen que mi cabeza de vueltas. –

--¿Qué harás entonces? –replique con desdén.

 

--¿No es obvio? Iré a la cafetería, necesito recuperar la energía que perdí mientras estaba hablando con el director. –dijo dándome esa cálida sonrisa. –Tu ve a relajarte, nos vemos en la habitación.

Mientras intentaba encontrar la biblioteca por mi cuenta, terminé en el jardín interno, donde una figura de cabello rojo jugaba con unas llamas pequeñas sobre su palma.

Al principio creí que se trataba de un conjuro sencillo de fuego, pero el calor era... ausente. Las llamas no crepitaban. Eran negras.

—No deberías espiar a los demás —dijo el chico, sin mirarme, apagando las llamas de su mano.

—No pretendía espiar. Solo... me perdí.

—Ya veo. Pues bienvenida al laberinto. Todos nos perdemos aquí alguna vez.

Se giró y me sonrió con descaro, como si no acabara de conjurar un fuego maldito.

—Kaelen Drayen. Recién llegado. No soy bueno con los mapas… ni con las princesas.

—¿Cómo sabes que soy una princesa?

—¿En serio? ¿Has visto cómo caminas? Tu esencia grita nobleza –exclamo de forma eufórica.

Le lancé una mirada de advertencia. Él se encogió de hombros, aun sonriendo.

—No te preocupes. Yo tampoco pertenezco aquí. Aunque por razones muy distintas.

Y con un giro, desapareció entre los pasillos de piedra, dejando tras de sí una estela de aire denso, como ceniza de algo que aún no ha ardido.

Ya casi de noche, mientras recorría los pasillos del ala oeste buscando mi dormitorio, choqué contra alguien que salía de una sala con una caja de madera bajo el brazo y varios libros apilados de forma inestable.

—¡Ay! Perdona… —dije, frotándome el hombro.

Uno de los libros cayó al suelo con un golpe seco.

—¡Primer derribo de la noche! ¿Estás bien tú o debo llamar a la enfermería... o a un carpintero, por si rompiste algo del mobiliario real?

Lo miré, parpadeando.

Tenía el cabello oscuro recogido, mirada firme pero amable y los ojos cálidos. Vestía ropa informal y una espada envainada en la espalda, a juzgar por la torpeza con que recogía los libros, claramente no era estudiante.

—Estoy bien, solo… me distraje.

—No te culpo. Esta academia es como un laberinto diseñado por un borracho con gusto por las puertas que no llevan a nada.

Extendió la mano libre con una sonrisa torcida.

—Theren. Asistente no oficial del caos, y ocasional ayudante de un viejo amigo que enseña teórica arcana. Tú debes ser nueva.

—Celestine —dije, estrechando su mano.

Su apretón fue firme pero relajado, como si de verdad no supiera quién era yo. Lo agradecí.

—Bueno, Celestine, si alguna vez te pierdes otra vez, puedes buscarme.

Se alejó silbando una melodía improvisada, como si estuviera en todo menos en una academia de prestigio.

Me quedé viéndolo alejarse. Había algo en él que me recordaba a los días tranquilos en Elyndor, a cuando aún creía que todo estaba escrito y que el mundo era seguro.

Pero ahora…

Ahora algo en el aire me decía que nada estaba escrito.

Y que el viento que se alzaba, traería consigo respuestas.

O ruinas.

Dormí poco. Tal vez fue la incomodidad del colchón, o el leve zumbido que sentía en los muros, como si la piedra susurrara cosas que aún no estaba lista para oír.

O tal vez fue el sueño.

Uno de esos sueños que no parecen sueños. Uno donde flotaba en el cielo, y las dos lunas se acercaban demasiado. La roja lloraba fuego, y la pálida se deshacía en pétalos de luz. Alguien —¿mi hermana? ¿yo misma? — gritaba un nombre que no recuerdo haber oído jamás, pero que me dolió como si fuera mío.

Desperté antes del amanecer. Natalie seguía dormida. Me puse el manto de entrenamiento y salí a caminar.

El campo de práctica estaba vacío, pero las estatuas de los fundadores me observaban como si esperaran algo. Cada una representaba un elemento: fuego, agua, tierra, aire, dendro, sombra, luz… y en el centro, una figura sin rostro. Éter. El elemento imposible. El aliento de lo inefable.

Me detuve frente a esa estatua. Y por primera vez, sentí que la magia que me habían enseñado a respetar... no era lo más peligroso que habitaba en este mundo.

Fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí.

—¿No puedes dormir o estás aquí a propósito?

Era Kaelen, otra vez. Apoyado en una lanza de práctica, con expresión divertida. Pero sus ojos no sonreían como antes.

—Ambas —respondí.

—Vaya, somos dos.

Se sentó en la hierba sin más, como si no le importara ensuciarse. Me sorprendió la naturalidad con la que existía. Como si no cargara ningún peso.

Pero lo cargaba.

—¿No vas a entrenar? —pregunté.

—¿Entrenar qué? ¿A contener lo que soy?

—¿Y qué eres?

—Eso intento descubrir.

Se quedó en silencio, mirando el cielo grisáceo. Luego añadió:

—Algunos vinimos aquí a aprender. Otros… a olvidar.

—¿Y tú?

—Yo vine a intentar no destruir lo que queda.

Su voz se quebró apenas un instante, lo justo para dejar entrever una verdad que no quiso decir en voz alta. No insistí. No era necesario.

Nos quedamos en silencio, observando cómo la niebla matinal se aferraba al campo de prácticas como un velo de dudas sin resolver. En algún punto, me senté a su lado.

—¿Crees que lo lograremos? —pregunté, sin definir qué era eso.

Kaelen no respondió enseguida. Tomó una piedra pequeña y la hizo girar entre sus dedos.

—Solo si dejamos de buscar las respuestas en los lugares seguros —dijo finalmente. La verdad rara vez vive ahí.

Cuando regresé a mi habitación, el sol apenas tocaba los cristales superiores. Natalie ya estaba despierta y me esperaba con una expresión que decía "no me expliques nada", lo cual agradecí.

La rutina de clases comenzaría pronto. Magia aplicada, teoría elemental, historia arcana… cosas que había estudiado desde niña. Sin embargo, aquí todo parecía más denso.

Aun así, no era el conocimiento lo que me inquietaba.

Era lo que no sabíamos.

Lo que se escondía en los pasillos más antiguos, tras puertas selladas con sellos olvidados.

Ese día comenzó como un susurro. Uno que, más tarde, se convertiría en eco.
Un eco que se propagaría por las paredes de esta academia.
Un eco de lo desconocido.

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