Carta 3. “Cenizas de una Memoria Perdida”

 

Carta 3. “Cenizas de una Memoria Perdida”

Escrita por Kaelen Drayen

"En las brasas del pasado que arden sin piedad, el alma se purifica y encuentra su verdad. No es el fuego que consume, sino el que despierta la esperanza oculta, guiando al errante hacia la luz que aún no conoce, hacia un destino que solo su corazón puede abrazar."

- Isidora von Dutch

Nunca supe exactamente en qué momento dejé de ser un niño. Quizás fue aquella noche. La noche en que las llamas negras salieron de mí por primera vez. La noche en que mi nombre se convirtió en ceniza dentro del corazón de mi padre.

Tenía trece años. El calor del aire en Ignareth era más sofocante que de costumbre, como si algo invisible estuviera acumulándose en el fondo de mi pecho desde días atrás. Había pasado la jornada entrenando con mi padre en el patio de piedra, como siempre.
Espada corta. Respiración controlada. Equilibrio sobre la roca volcánica caliente.

—No luches para ganar —me decía—. Lucha para proteger. Incluso si el enemigo eres tú mismo.

Su forma de enseñar era firme, sin espacio para dudas, pero no cruel. Él me miraba con una mezcla de exigencia y orgullo, como si supiera que tarde o temprano tendría que enfrentar algo más grande que nosotros. A veces, cuando pensaba que no lo notaba, se quedaba viéndome con tristeza. Como si ya supiera lo que iba a pasar.

Esa noche, el mundo cambió.

Me desperté de golpe, empapado en sudor, sin recordar el sueño, pero con una presión ardiendo detrás del pecho. Todo era silencio, hasta que lo sentí: un temblor dentro de mí, como si mi sangre estuviera ardiendo… pero no con fuego común. Era algo más denso, más antiguo.

Y entonces aparecieron.

Las llamas negras.

Salían de mis manos, del pecho, del suelo bajo mis pies. No crepitaban. No iluminaban. Solo se expandían como una niebla viva, oscura y helada. Me rodeaban sin consumir el aire, pero lo reemplazaban. Todo lo demás dejaba de importar: la cama, las paredes, los muebles… flotaban, disolviéndose en recuerdos antes de desaparecer.

Mi padre entró en ese momento.

—¡Kaelen! —gritó, al ver el fuego extraño envolver mi cuerpo.

Yo apenas podía hablar. Solo alcé una mano, temblando.

—Papá... No sé qué está pasando… ¡No puedo detenerlo!

Él se acercó sin dudar. Caminó hacia mí a través de las llamas negras como si no le temiera a nada. Me abrazó. Su pecho contra el mío. Su voz, firme como siempre, aunque con un leve temblor:

—Mírame, hijo. Mírame a los ojos.

Lo hice. Y por un momento, creí que todo se calmaría.

—No importa qué clase de fuego sea. No importa lo oscuro que parezca. Tú sigues siendo mi hijo, Kaelen. ¿Entiendes?

Mi voz se quebró.

—Tengo miedo… No quiero hacerte daño.

Él sonrió, aunque sus ojos estaban húmedos.

—A veces, los que más temen su poder... son los que más corazón tienen.

Y entonces, una chispa. Una diminuta llama negra saltó de mi pecho al suyo.

No gritó. No cayó. Solo... se detuvo.

Sus ojos se desenfocaron. Su expresión se volvió vacía, como si acabara de despertar de un sueño largo y no supiera dónde estaba.

—¿Quién…? —susurró, mirándome como si fuera un extraño—. ¿Muchacho? ¿Estás bien?

Mi mundo colapsó. Mi padre… ya no me recordaba.

Desde esa noche, el fuego no volvió a arder. No de esa forma. Pero yo sí ardía por dentro. De rabia, de vergüenza, de culpa.

Cada vez que él me veía, me saludaba como a cualquier vecino del barrio. Sonreía con cortesía. Me ofrecía agua, pan, consejos... pero nunca con la calidez que solía darme antes.
Él seguía ahí. Vivo. Entero. Pero sin mí en su memoria.

Y yo… me quedé con la sombra de algo que no entendía. Un poder que no pedí. Un vacío que nadie podía ver.

No fue hasta semanas después que escuché hablar sobre un mago errante. Un forastero vestido con una túnica de hilo estelar, que decía conocer los nombres de los Arcanos.
Y cuando me miró… fue como si ya supiera que yo cargaba con uno de ellos.

No sé cuántos días pasaron desde el accidente. El tiempo dejó de tener sentido. Mis pasos me llevaban por las calles de Ignareth como un espectro más, buscando entre sombras una respuesta que nadie parecía tener.

Y entonces apareció él.

Vestía una capa blanca, de esas que no se ensucian ni con el polvo volcánico. Su piel era gris ceniza, pero sus ojos brillaban como soles quietos. No parecía viejo, pero sus pasos eran los de alguien que había visto demasiado. Recuerdo que se acercó mientras yo estaba sentado junto a una de las grietas del canal de magma, lanzando piedras al abismo.

—Tú no perteneces a este lugar —me dijo, sin preámbulo. Su voz era baja, y sin embargo, todo se detuvo a su alrededor cuando habló.

Lo miré con desconfianza. Parecía humano… hasta que noté los cuernos cortos en sus sienes. Un demonio.

—¿Y tú sí? —le respondí, casi por reflejo.

Sonrió apenas.

—No. Me condenaron a vagar por él mundo hace muchos años. Pero no estamos hablando de mí, Kaelen.

Me puse de pie de golpe.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Lo vi. En tu fuego. En tus recuerdos. En lo que borraste.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Tú sabes qué es esto? —pregunté, por primera vez con una chispa de esperanza.

El asintió. Se presentó como Selgrath. Solo eso. Sin títulos, sin linajes. Dijo que antes había servido a la nobleza de Varak-Thûl, pero descubrió secretos que involucraban a la realeza, y prefirieron exiliarlo.

Durante semanas, me entrenó en secreto. Me llevó a los bordes de la ciudad, donde la roca se parte en puentes naturales de obsidiana. Allí me enseñó a invocar el fuego negro de forma controlada, a contenerlo con la respiración, a hablar con él como si fuera parte de mí, no un enemigo.

—Este fuego no destruye cuerpos —me explicó—. Destruye esencia. Recuerdos, vínculos, memorias. Es un fuego del alma.

—¿Y por qué yo?

—Porque fuiste elegido por el destino. Las voces en su letargo exclamaron tu nombre. La Calamidad. Una carta que no quema el mundo… lo olvida.

No dormí esa noche. Solo repetía su frase una y otra vez en mi cabeza. “Lo olvida.”

Cuando el entrenamiento estuvo completo —o al menos lo que él podía ofrecer—, Selgrath me habló del norte. De un lugar donde podía encontrar respuestas. Tal vez una cura. La Academia Thalvarion, en el Reino de Noctharion.

—Hay magos que han estudiado la magia Arcana por generaciones. Y algunos… han aprendido a domarlos. Tal vez ellos puedan ayudarte a eliminar tu poder. Si eso es lo que quieres —dijo con voz serena, mientras su mirada se perdía en el horizonte.

—¿Y tú? ¿No puedes hacerlo tú?

—Yo solo puedo enseñarte a cargar el peso. No a deshacerte de él.

Me mantuve en silencio, procesando sus palabras. Entonces continuó:

—Existen dos tipos de magia en este mundo, Kaelen. La magia elemental, que todos poseen en mayor o menor medida, ligada al alma y al entorno. Y luego está la magia arcana… un poder antiguo, extraño, que solo quince personas en todo el mundo pueden empuñar al mismo tiempo. Y tú eres uno de ellos. El portador del Arcano XIV. La Calamidad.

¿Poder Arcano? ¿Por qué yo? De todo el mundo tuve que ser yo. Todos buscan un poder único, pero para mí no es más que una maldición del destino.

La noche antes de partir, me despedí del fuego que había sido mi hogar. No de mi padre. Ya no tenía sentido. Me miraba como si fuera un vecino más. Una cortesía. Una sombra.

Tomé solo lo necesario. El resto, lo dejé arder en un pequeño altar de piedra. Quizás como castigo. O como símbolo.

Tenía miedo.

Pero por primera vez en mucho tiempo, también tenía esperanza.

El trayecto desde Ignareth fue largo. Días de caminos polvorientos, noches bajo un cielo que parecía observarme en silencio. Pero nada me preparó para la visión de Thalvarion.

A lo lejos, las torres grises se alzaban como lanzas dirigidas al firmamento. Todo olía a lo imposible. Todo parecía limpio, intacto… demasiado diferente.

Y yo llegaba con cicatrices que nadie podía ver.

La entrada principal estaba custodiada por la guardia real de Noctharion. Apenas crucé el umbral, sentí un cosquilleo recorrerme la piel. El aire era distinto allí, como si estuviera saturado de magia y expectativas.

Recuerdo el bullicio de los estudiantes, sus uniformes impecables, sus risas ajenas a cualquier tragedia. Todos parecían encajar, como si la academia los hubiera moldeado desde niños. Yo, en cambio, arrastraba mi mochila gastada y mi silencio.

“No pertenezco aquí.”

Lo pensé mil veces. Lo pensé incluso cuando un maestro me saludó con un gesto cordial, tenía el cabello verde y ondulado, con unos ojos esmeralda que me transmitían serenidad. Incluso cuando me entregaron una habitación propia y un horario grabado en una tableta de piedra.

Caminé por los pasillos como si fueran parte de un sueño ajeno. Miraba las vitrinas con artefactos mágicos, los retratos de antiguos estudiantes y profesores que dejaron huella en la academia. Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que ardía dentro de mí.

No les dije nada. Ni sobre el Arcano. Ni sobre mi padre. Ni sobre las llamas que me rodeaban cada noche en sueños.

Caminado por el comedor principal, vi a una chica corriendo con su bandeja, parecía apurada, como si llegara tarde algún lado. Las olas de su cabello al correr me parecían tranquilizadoras, hasta que las vi chocando conmigo.

Mi plato voló por el aire. El suyo también. Sopas, jugos, frutas… un caos culinario.

—¡Ay no, esto dejara una marca en mi frente! —exclamó ella, mientras el líquido de su bandeja se detenía en el aire y volvía a su lugar por arte de magia.

La miré con incredulidad. Pelo largo, azul oscuro como las profundidades del océano, ojos serenos y una túnica bordada con símbolos divinos de la catedral que cubrían su uniforme.
Ella me ofreció una sonrisa y una mano.

—¿Estás bien? Perdón… suelo moverme demasiado rápido entre comidas. Soy Shion Ackerman, estudiante de intercambio desde Velmora.

—Kaelen —respondí, tomando su mano, todavía empapado—. De Ignareth. Y… aparentemente, bastante torpe.

Shion rió, un sonido claro, como agua cayendo sobre piedra.

—¿Ignareth? ¡Eso explica tu aura cálida! Aunque… hay algo más. —Me observó con una intensidad que me incomodó—. Como una tormenta escondida en un volcán.

No supe qué responder. Me limité a asentir, intentando no parecer perturbado.

Desde ese día, ella decidió que debíamos almorzar juntos. Luego me ayudó a encontrar las aulas, a comprender la jerarquía social absurda de la academia, a evitar al director (que ya me daba mala espina) … Y poco a poco, su presencia se volvió constante.

Pero incluso entre risas nuevas, la ansiedad seguía ahí. Porque en algún momento, las llamas negras volverían a arder. Y cuando lo hicieran… ¿podría controlarlas?

¿O alguien más terminaría olvidándome? .....

Había terminado una evaluación básica de afinidad mágica y me dirigía a la oficina de asignación de clases, cuando una secretaria pálida como el papel me interceptó.

—El director Dreylis desea hablar contigo. Ahora.

No había opción. Solo una orden envuelta en formalidad.

Al llegar una puerta gigante se abrió sin emitir ningún sonido, su oficina era silenciosa, impecable, inhumana. Había libros encuadernados con metales preciosos, una alfombra de diseño en espiral, y relojes marcando distintas horas de los distintos reinos. El tiempo parecía estirarse ahí dentro.

Y aun así, sentí que algo se quebraba en mí al ver al hombre que estaba sentado tras el escritorio.

Averan Dreylis.

Alto. Elegante. Ojos tan oscuros que no reflejaban luz alguna, como si absorbieran todo a su alrededor. Vestía una túnica negra con detalles en plata líquida, y su voz… su voz era la de alguien que nunca necesitó alzarla para ser temido.

—Kaelen Drayen. De Ignareth. Portador de una herida que no sana —dijo sin siquiera mirarme directamente. Pasaba páginas de un libro que flotaba ante él, como si ya supiera lo que iba a decir antes de que lo dijera.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo…?

—La magia no es lo único que deja marcas. Hay cosas que ni el fuego puede ocultar —alzó la mirada. Fue un segundo, pero sentí que me atravesaba por dentro. Como si viera más allá de mis palabras, más allá de mis miedos.

—Yo… solo vine a aprender. A entender lo que soy —dije, sintiéndome más pequeño con cada palabra.

Una leve sonrisa curvó sus labios. No era cálida. Era la sonrisa de alguien que había dejado de sorprenderse del sufrimiento humano hace mucho tiempo.

—Y eso harás. Aprenderás. Observarás. Tal vez, incluso… sobrevivirás. —Cerró el libro con un gesto de dedos. Ni un chasquido, ni un eco. Solo un silencio profundo—. Eso es todo por hoy.

No hizo falta que me indicara la salida. La puerta se abrió sola, como empujándome hacia fuera. Salí con el corazón latiendo a destiempo, la espalda tensa, y la sensación de que había hablado con alguien que no pertenecía del todo a este mundo.

Shion me esperaba al final del pasillo.

—¿Estás bien? —preguntó, al notar mi expresión.

—No lo sé —respondí, sin detenerme—. Pero ese hombre… me miró como si supiera lo que arde dentro de mí.

Y por primera vez, no supe si eso era bueno o malo.

Después de aquella reunión, hui de la clase de teoría elemental.

No porque no entendiera, sino porque ya sabía demasiado. O quizá porque sabía cosas que nadie más debía ver. Las palabras Selgrath aún me daban vueltas en la cabeza: Las voces en su letargo exclamaron tu nombre. La Calamidad. Una carta que no quema el mundo… lo olvida

El jardín interno era uno de los pocos lugares donde podía quedarme a solas sin que un profesor me viera. Había aprendido a esconderme entre los setos altos, justo al lado de la estatua rota de algún héroe del pasado. Allí, donde el sol apenas llegaba, podía invocar el fuego sin miedo.

Las llamas negras danzaban sobre mi palma. No emitían calor. No crepitaban. Parecían absorber el sonido en vez de generarlo. Y sin embargo, estaban vivas.

El aire se volvió más denso de repente.

Sentí la presencia antes de verla. Una energía pulcra, limpia… suave como seda bendecida. No era un profesor. No era un demonio. No era como yo.

—No deberías espiar a los demás —dije sin mirar, dejando que las llamas se disiparan lentamente en mi piel.

Silencio breve. Inseguro.

—No pretendía espiar. Solo... me perdí —respondió la voz. Firme, pero con una dulzura que no era ingenua.

Me giré y la vi.

Y por un instante, me olvidé de respirar.

Cabello negro, largo, suave como tinta recién derramada. Y ojos… ojos plateados. No grises. Plateados. Como las lunas cuando no quieren ocultarse. Su sola presencia calmaba al entorno. Incluso las flores se inclinaban ligeramente cuando pasaba, como si la reconocieran. Y ahí estaba yo, oliendo a sombra.

—Ya veo. Pues bienvenida al laberinto —dije, con una sonrisa ladeada, forzada para ocultar el torbellino en mi estómago—. Todos nos perdemos aquí alguna vez.

Mi tono fue más ligero de lo que sentía, pero siempre supe actuar. Siempre supe fingir que todo estaba bien.

—Kaelen Drayen. Recién llegado. No soy bueno con los mapas… ni con las princesas.

Vi cómo sus cejas se arqueaban, como si intentara decidir si debía tomarlo como una broma o una falta de respeto.

—¿Cómo sabes que soy una princesa?

Sonreí más ampliamente, para que no notara el temblor en mis dedos.

—¿En serio? ¿Has visto cómo caminas? Tu esencia grita nobleza —dije, dejando que mi voz exagerara la euforia. Era más fácil así. Más seguro.

Ella me lanzó una mirada que, sin decir palabra, me advirtió que midiera mis palabras. Pero no había enojo en ella. Solo una calma que intimidaba más que cualquier grito.

Me encogí de hombros, todavía sonriendo.

—No te preocupes. Yo tampoco pertenezco aquí. Aunque por razones muy distintas.

Y me fui. Antes de que pudiera preguntar. Antes de que pudiera ver más de lo que quería mostrarle.

Mientras me alejaba, sentí cómo el aire detrás de mí se aligeraba. Como si el mundo respirara mejor sin mí en la habitación.

Mis llamas no ardían. Pero sí dejaban cenizas.

Y esa fue la primera vez que me pregunté si alguien como ella podría soportar el humo que yo arrastraba.

Al llegar al salón principal me apoyé contra una columna, con las manos en los bolsillos y el pulso aún acelerado. No entendía por qué. Era solo una chica. Una estudiante más. Solo que… no lo era.

—Así que ya estás coqueteando con princesas —dijo una voz suave a mi izquierda.

Me giré y vi a Shion, con su uniforme impecable de la academia, bordes celestes que resaltaban bajo la luz tenue. Sus ojos, tan claros como el agua de un lago en calma, me observaban con una mezcla de curiosidad y ternura.

—¿Coquetear? No. —Hice una mueca, cruzando los brazos—. Solo estaba… hablándole con estilo.

—¿Con estilo? —alzó una ceja, divertida—. ¿Eso incluye sonreír como si ocultaras un incendio detrás de los dientes?

Bufé y miré al suelo.

—No sabía que era una princesa. Lo juro. Solo apareció. Y tenía esa mirada... como si pudiera verte incluso con los ojos cerrados.

—Entonces ya viste a Celestine Seraphyde como todos la ven —murmuró Shion, bajando la voz—. Pero dime, ¿cómo la viste tú?

Me la quedé mirando un momento.

—Luz —dije finalmente—. Como si alguien hubiera encendido una vela en medio de la noche.

Shion asintió con una sonrisa leve, esa que no necesitaba palabras para consolar.

—La luz no está para juzgar la oscuridad, Kaelen. Esta para mostrarte el camino. A veces incluso... para invitarte a caminar junto a ella.

—¿Te refieres a Celestine? —pregunté, sin poder ocultar la sorpresa en mi voz.

—Sí. Ella tiene esa calma que parece irradiar incluso cuando no quiere —dijo Shion con naturalidad—. No te preocupes, aprenderás a manejar tus propios demonios aquí.

Me crucé de brazos, un poco incómodo.

—Mi demonio no es fácil de manejar.

—Entonces tendrás que entrenar mucho —dijo ella, con una chispa de determinación—Pero no estás solo. Aquí todos luchamos con algo, Kaelen.

Por un momento, la incertidumbre se disipó, reemplazada por una pequeña chispa de confianza.

—Gracias, Shion. Me alegra saber eso.

Ella asintió y se alejó con paso tranquilo, dejándome con la sensación de que quizá, solo quizá, esto no sería tan imposible después de todo. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí completamente solo.

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