Carta 4. “La Corona que Nunca Perdi”
Carta 4. “La Corona que Nunca Perdi”
Escrita por Lynette Seraphyde
"Tú me enseñaste a correr con el
viento, pero nunca dijiste qué hacer cuando el viento cambia, cuando el rumbo
se vuelve incierto y el hogar parece un lugar extraño. A veces, seguir adelante
no es cuestión de fuerza, sino de saber cuándo regresar y enfrentar lo que
dejamos atrás."
- Celestine Seraphyde.
En
Elyndor, cada ladrillo blanco, cada torre celestial, cada flor encantada que
bordea el camino me pesa como si el aire mismo estuviera lleno de recuerdos.
—¿Así que este
es tu famoso reino? —preguntó Julia, mientras masticaba un fruto morado que
encontró en el mercado de las afueras—. Pensé que habría más... no sé,
unicornios.
—No digas eso en voz
alta —gruñó Claudius—. Nos van a quemar por blasfemia.
—No queman a nadie —dije,
reprimiendo una sonrisa—. Solo te entierran en trabajo comunitario por un año.
Los tres reímos, aunque
la mía fue más breve. Elyndor no es un sitio al que se vuelve sin
consecuencias. Caminábamos por la plaza principal, observando el mercado recién
abierto. No habíamos llegado ni una hora y ya sentía el peso de los ojos sobre
mí, aunque nadie me reconocía. Aún no.
Pero entonces, como
siempre pasa cuando algo parece ir bien, la mierda estalla.
—¡Eh, ustedes! ¡Alto
ahí! —gritó una voz rasposa al fondo. Tres tipos con túnicas sucias y sonrisas
torcidas bloqueaban a una pareja mayor, forcejeando para quitarles un
relicario. Uno de ellos tenía una insignia falsa de inspector arcano.
—¿Vamos hacer algo?
—murmuró Julia, con una sonrisa irónica.
—¿Qué tal si les damos
una lección cívica? —respondí, desenvainando sin ceremonias.
La pelea estalló con
rapidez. Claudius fue el primero en interceptar a uno de los bribones, clavando
su puño como una piedra en el abdomen del farsante. Julia, veloz como el rayo
que porta, se desvió hacia el costado, desarmando al segundo con una descarga
eléctrica que lo dejó convulsionando brevemente.
Yo me encargué del que
parecía el líder. El tipo se movía rápido, blandía una daga encantada y sabía
usarla, pero no era rival para alguien entrenada desde la infancia por la caballería
real de Elyndor.
Paré
su tajo con mi espada, giré sobre mi pie impulsándome con el viento,
golpeándolo en la mandíbula con mi pierna libre imbuida en viento.
—¿Robarles a los
ancianos? Que bajo —dije, lanzándolo contra una columna de piedra.
Uno de ellos trató de
huir, pero Julia le lanzó una trampa de energía que lo dejó inmovilizado.
Claudius lo levantó como a un costal de arroz.
—Creo que rompí uno de
sus dientes. ¿Cuenta cómo justicia?
—Totalmente —respondí.
Pero la celebración
duró poco.
—¡ALTO EN NOMBRE DE LA
GUARDIA REAL! —rugió una nueva voz.
Una patrulla se
acercaba a toda prisa, liderada por un joven de armadura pulida y expresión
decidida. Nos apuntaban con lanzas mágicas. La multitud murmuraba a los lados,
algunos con temor, otros con diversión. Maldición. Justo lo que no
necesitábamos.
—Bajen las armas
—ordenó el capitán, apuntándonos—. Están arrestados por disturbios en zona
noble.
—Oh, por favor, somos
del comité de limpieza y estábamos capturando a estas ratas —dijo Julia con un
tono burlesco—.
El capitán se quedó mirándome,
como si hubiera visto un fantasma. Bueno, la realidad es que si vio un fantasma.
—¿Qué…? No puede ser.
¿Lynette? ¿Lynette Seraphyde eres tú?
El silencio fue
inmediato. Julia y Claudius me miraron con ojos de confusión.
El capitán se quitó el
casco y se presentó como Alistar Dustwood. No lo reconocí, pero al escuchar su
nombre llegaron los recuerdos de nuestra infancia juntos. Era mayor ahora, más
musculoso, pero seguía teniendo esos mismos ojos verdes de cuando entrenábamos
juntos en el patio del castillo.
—¿Por qué demonios
estás vestida así? ¿Y por qué estás peleando en la calle?
—Es una larga historia
—dije, suspirando.
—No esperaba volver a
verte... El rey va a tener un infarto. —Alistar se giró hacia sus hombres—.
¡Bajen las armas! Son invitados del castillo.
—¿Invitados? —repitió
Julia, sin molestarse en esconder su asombro.
—Yo los escoltare
—ordenó él—. Y los demás, que se lleve a esas ratas al calabozo y hagan el
reporte.
Mientras nos guiaba por
los caminos elevados de mármol hacia el corazón del reino, Claudius caminó a mi
lado, en silencio.
—¿Seraphyde? —susurró
finalmente.
—¿Sorprendido? dije sin
mirarlo.
—Así que… esto es tu
hogar.
—Más
que un hogar, fue mi prisión.
La
caminata hacia el castillo fue silenciosa, más por tensión que por cansancio.
El sol comenzaba a inclinarse, proyectando sombras largas sobre las calles
empedradas de Elyndor. Mientras Alistar nos escoltaba entre miradas curiosas y
reverencias a medias, sentí cómo el pasado se apretaba contra mis costillas
como una armadura mal ajustada. Julia y Claudius no decían nada, pero sus
miradas eran preguntas vivas.
Y
yo… yo solo pensaba en él. En el trono de obsidiana. En los años sin palabras.
En todo lo que no se había dicho. Cuando cruzamos las puertas del castillo,
supe que la fachada de aventurera tenía los minutos contados.
El gran
salón no había cambiado. Seguía siendo una catedral disfrazada de poder.
Columnas de mármol pulido sostenían un techo lejano como un cielo prohibido.
Vitrales celestiales bañaban la sala en luces azules, doradas y plateadas.
Ángeles, constelaciones, héroes del pasado. Todo perfectamente tallado… y
perfectamente frío.
Mis pasos
resonaban más que los de los guardias. Julia y Claudius iban detrás de mí,
silenciosos, con los ojos bien abiertos. Supongo que ver el corazón del Reino
de Elyndor no es cosa menor para unos forasteros.
Y allí
estaba él.
El rey
Aelric Seraphyde.
Mi padre.
Sentado
en su trono de obsidiana y plata, con el cetro en mano y esa mirada que parecía
pesar el alma antes que el cuerpo. Su porte era el mismo: majestuoso,
disciplinado… lejano. La corona no le pesaba; lo que le pesaba era el pasado.
Cuando me
detuve frente a él, el aire parecía más denso. Como si el silencio mismo no
supiera si debía romperse.
—Lynette…
—dijo finalmente, sin levantarse.
No hubo
abrazo. Ni una sonrisa. Pero vi el leve temblor de sus dedos sobre el cetro.
Estaba aliviado. Lo conocía demasiado bien.
—Majestad
—dije, inclinándome con frialdad. Fue un veneno sutil. Lo notó.
—Han
pasado años —prosiguió, mirando fugazmente a mis compañeros—. Y así vuelves…
con una espada al cinto, sangre ajena en la ropa y dos aventureros como
escolta.
—Podría
decir lo mismo de tu consejo real. A veces hay que ensuciarse para proteger lo
que importa.
Se hizo
un silencio incómodo.
—¿Por qué
te fuiste, Lynette? ¿Por qué dejaste a tu hermana, a tu madre… a mí?
Mi
garganta se cerró un instante. Pero ya no era una niña. No me temblaban las rodillas.
—Porque
sabía lo que venía. Porque ustedes no se atrevían a hablar de la profecía, pero
yo sí. Porque Celestine no puede cargar con esto sola. Alguien tenía que estar
en el otro lado del tablero.
—¿Y tú
decidiste jugar por tu cuenta? ¿Sin decirnos nada?
—¡Tú
fuiste quien se quedó en silencio, padre! —le grité, y mi voz retumbó en la
sala—. Cada vez que hablábamos de la luna doble, de los sueños, de los
símbolos... ¡cerraban las puertas! ¡Callaban! Así que sí, me fui. No como
traidora. Como hermana.
Hubo un
silencio largo. Julia soltó un resoplido leve, claramente abrumada.
—¿Espera…
qué? —susurró, mirándome—. ¿Eres una princesa?
—¿Y
heredera del trono de este lugar? —añadió Claudius, con un dejo de dolor en la
voz—. ¿Todo este tiempo…?
—No
quería que me vieran como una corona —respondí sin girarme—. Quería que me
vieran como una persona. Como compañera. Pero entiendo si se sienten
traicionados.
Julia
cruzó los brazos.
—Yo…
estoy boquiabierta, sí, pero no molesta. Aunque, si me lo hubieras dicho antes,
habría intentado robar la vajilla real con más disimulo.
Claudius
bajó la mirada, apretando los puños.
—Yo no
estoy enfadado —dijo tras una pausa—. Estoy dolido, sí. Pero si lo hiciste por
proteger a alguien, por luchar contra algo tan grande… te seguiré hasta el
final. Eso no cambia.
Mis ojos
ardieron, pero me negué a llorar frente al trono.
Mi padre
se levantó. Por primera vez desde que entré, se acercó. No me tocó. Solo me miró,
como si tratara de ver más allá de la mujer que se alzaba frente a él.
—Fui un
cobarde —admitió en voz baja—. Tenía miedo de lo que esa profecía significaba…
y más miedo aún de perderlas a ambas. Pensé que, si la ignorábamos, no nos
tocaría.
—El
destino no se desvía por negar su sombra —murmuré.
Por un
momento, creí que ese sería el fin del diálogo. Pero entonces, su voz tembló
ligeramente.
—Fallé
como rey, sí… pero más aún como padre. —Sus ojos se humedecieron, aunque no
derramó lágrimas—. No puedo cambiar lo que hiciste, ni el dolor que callaste…
pero juro, Lynette, por la corona que porto y por el hombre que te sostuvo al
nacer, que haré todo lo posible para protegerlas a las dos. A ti. A Celestine.
Con cada recurso, cada decisión, cada aliento que me quede.
Sus
palabras me golpearon más fuerte que cualquier espada. Por un instante, el
mármol ya no pesaba tanto.
Me
acerqué un paso. Luego otro. Y sin pensarlo, lo abracé.
—No me
dejes sola en esto otra vez —le susurré, con la voz quebrada.
—Nunca
más —respondió él, rodeándome con los brazos—. No como rey. Como padre.
Durante
unos segundos, los siglos de realeza callaron. Solo quedamos nosotros. Humanos.
Heridos. Familia.
Luego, él
se separó con suavidad, retomando la compostura.
—Tu madre
quiere verte —dijo, más sereno—. Quiere hablar contigo. No seas dura con ella.
Ha sufrido más que todos con tu partida… y más ahora que Celestine está en
Thalvarion.
Asentí
con una leve sonrisa. —Estoy tranquila sabiendo que está allí. Natalie está con
ella, y si hay alguien capaz de mantenerla a salvo, es ella —dije, cruzando los
brazos con una calma forzada, aunque sincera. La imagen de mi hermana menor me
vino a la mente, con ese brillo lunar en la mirada, siempre curiosa, siempre
determinada.
Julia,
que hasta entonces se había mantenido en respetuoso silencio, soltó un suspiro
y cruzó los brazos. —Si esa profecía que mencionaron es real… entonces esa
academia es más peligrosa que segura —murmuró, con una mirada sombría.
—¿A qué te refieres con eso? –fruncí el ceño.
Claudius
también giró hacia ella. —¿La academia? ¿Thalvarion? Creí que era uno de los
lugares más vigilados y seguros de Thaloria.
Incluso
Aelric frunció el ceño, interesado. —¿Qué sabes tú que nosotros no?
Julia
bajó la mirada un momento, como si pesara sus palabras, antes de hablar con voz
firme. —En Thalvarion se obsesionan con lo nuevo. Lo desconocido. Lo oculto. Y
Celestine es todo eso. Si alguien descubre que su poder encaja con la profecía…
será como si caminara con una diana en la espalda.
Un
silencio cayó sobre la sala.
—Tres
meses han pasado desde que llegó —murmuró Aelric, con expresión grave—. No me
gusta esta incertidumbre.
Luego, se
volvió hacia mí. —Busquen a Ankler. Ella está en contacto con Celestine desde
su llegada a Thalvarion. Si alguien puede decirles cómo está, es ella.
—Entonces
no perdamos más tiempo —respondí, ya dando el primer paso hacia las puertas del
gran salón—. Quiero saber exactamente con qué está lidiando mi hermana… antes
de que sea demasiado tarde.
Aelric se
acercó, puso una mano firme sobre mi hombro y me sostuvo la mirada.
—Gracias por regresar, hija mía. No importa cuánto tiempo hayas estado lejos…
siempre tendrás un lugar aquí. En Elyndor. Y conmigo.
Asentí,
esta vez sin resentimiento. Algo en mí se había soltado.
—Y tú siempre serás mi padre. No el rey. No el símbolo. Solo tú.
Sus ojos brillaron un instante, pero no dijo nada más. No hacía falta.
El peso
de la profecía seguía allí, sí… pero ya no lo cargaba sola.
Nos
alejamos del salón del trono en silencio, con los ecos de las palabras de
Aelric aún resonando en mi pecho. Los pasillos del castillo parecían más
luminosos ahora, como si el aire mismo hubiera cambiado.
Tal
vez era yo.
Tal
vez, por primera vez en años, había bajado la guardia lo suficiente como para
volver a sentir que pertenecía a este lugar.
Guiados
por un guardia, atravesamos un arco cubierto de enredaderas que nos condujo al
jardín interior: un rincón de calma entre las murallas, donde nos aguardaba
alguien que, según mi padre, podía decirnos cómo estaba realmente Celestine.
Ankler ya
nos esperaba bajo la sombra de un roble blanco, cuyas ramas se enredaban con
los vitrales superiores, proyectando destellos dorados sobre el césped. Su
aspecto no había cambiado desde la última vez que la vi: Bata corta con detalles de runas
flotantes bordadas, pantalones prácticos y botas ligeras. Lleva un cinturón
lleno de herramientas mágicas, cristales de análisis y pergaminos sellados, cabello rubio y despeinado, y esa mirada
penetrante como 2 jades que siempre sabe más de lo que dice. Una erudita, sí,
pero sobre todo una de las pocas personas en Elyndor en las que aún confiaba.
—Princesa
Lynette… —dijo con una inclinación leve, pero sincera.
—Solo
Lynette, por favor —respondí mientras me acercaba—. Ya sabes que dejé esos
títulos atrás hace mucho.
Ankler
sonrió con esa sabiduría que no necesita palabras para asentir. Luego saludó
con educación a Julia y Claudius.
—Me
alegra verlos a los tres sanos y enteros. No son muchos los que llegan a
Elyndor con una pelea callejera encima.
Julia
resopló divertida. —No fue nuestra culpa. Bueno… no completamente.
—Vamos al
grano —interrumpí suavemente, sin ánimo de cortesía—. ¿Cómo está Celestine?
Ankler
suspiró y caminó hacia un banco de piedra junto al estanque. Nos sentamos
alrededor, atentos.
—Partió
hace tres meses rumbo a Thalvarion, junto a la joven Natalie. Fue decisión
tuya, ¿cierto?
Asentí,
sin ocultar la tensión en mi mandíbula.
—Desde
entonces he recibido informes periódicos. Al principio todo parecía en orden:
adaptación al ritmo académico, buen desempeño mágico, incluso se integró rápido
al entorno… pero hace un mes, la frecuencia de los informes se redujo. Y no por
mi red —dijo, bajando la voz—. Algo dentro de la academia está bloqueando el
flujo de información.
—¿Bloqueando?
¿Con intención? —preguntó Claudius, frunciendo el ceño.
—Probablemente
—respondió Ankler—. La directora adjunta fue reemplazada. Hay cambios en el
cuerpo docente. Y algo más: según mis informantes, otro portador de Arcano está
allí. La otra mitad de la profecía.
—¿El
portador del Arcano 14? —solté en voz baja.
Ankler me
miró directamente, pero no respondió. No hacía falta.
Julia se
incorporó con los brazos cruzados.
—Eso explica lo que sentí desde el principio. Lo dije: Thalvarion no es seguro.
Si la profecía es real, ese lugar no es una escuela… es un punto de
convergencia. Una trampa disfrazada de torre de marfil.
—¿Qué
quieres decir? —pregunté, sintiendo cómo la preocupación se enredaba en mi
pecho.
—Esa
academia tiene una fascinación peligrosa por lo nuevo. Por lo oculto. Si
descubren el verdadero poder de Celestine, será como si caminara con una diana
en la espalda. Especialmente si alguien allí comprende la magnitud de la
profecía.
—¿Sospechas
de alguien? —intervino Claudius, más serio de lo habitual.
Antes de
que Julia pudiera responder, fue Ankler quien habló con una calma inquietante.
—El director actual, Averan Dreylis. Mi red de inteligencia ha detectado
patrones extraños en sus movimientos, relaciones encubiertas… y un nombre que
se repite demasiado seguido: Black Orchesta.
Ese
nombre cayó como un plomo en el aire. Hasta Julia enmudeció.
—Una
organización clandestina, dedicada a revivir fuerzas que escapan incluso al
entendimiento arcano —continuó Ankler—. No sabemos cuántos la integran ni su
propósito exacto, pero todo apunta a que Dreylis es uno de sus líderes. Y si
están en Thalvarion… entonces Celestine ya está en el epicentro de algo mucho
más grande.
No dije
nada. Pero algo en mí se agitó al oír ese nombre. No por Dreylis… sino por
quien lo mencionó antes. Un hilo invisible comenzaba a unir piezas que no
quería ver conectadas.
—Entonces
debemos actuar —murmuré, casi para mí misma.
Ankler
asintió.
—Y lo
haremos. Pero no están solos. Yo también quiero respuestas. Les propongo
trabajar juntos: investigar los orígenes de Black Orchesta, descubrir quiénes
están realmente detrás y, sobre todo… evitar que esa organización alcance a
Celestine.
Julia y
Claudius intercambiaron una mirada, y ambos asintieron sin vacilar.
Yo
respiré hondo.
Por
primera vez en mucho tiempo… no estaba sola en esto.
—Oye… Lynette.
No tienes que cargar esto sola, ¿sabes? Ya no.
—Estamos
aquí —agregó Julia, sonriendo con ternura—. No por la princesa heredera de
Elyndor, sino por la chica testaruda que nos salvó la vida más de una vez.
Donde vayas, iremos.
Me quedé
callada, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que algo cálido me envolvía.
No era magia. Era lealtad. Amistad.
Ankler
nos observó con una expresión que rozaba lo maternal.
—Por
ahora, lo mejor que pueden hacer es descansar. El castillo es grande, disfruten
su estancia por ahora, actuar sin un plan es una sentencia de muerte.
Me puse
de pie, con el sol filtrándose entre las ramas y bañando mi rostro.
—Gracias,
Ankler.
—Protege
a tu hermana —dijo ella suavemente—. A veces, el destino necesita una espada.
Pero otras veces, solo una mano extendida.
Salimos
del jardín interior con la mente cargada de nombres, sospechas y fragmentos de
verdad aún por encajar. Pero también con una propuesta clara: no enfrentaríamos
esto solos. Ankler había extendido una mano, no como erudita, sino como aliada.
Y yo… yo sentía que por fin podía aceptarla. Esa certeza me acompañó mientras
nos dirigíamos al comedor principal del castillo. Después de todo lo hablado,
lo sentido, lo temido… un momento de descanso no era un lujo. Era necesario. Y
en la calidez de esa mesa larga y silenciosa, descubrí que a veces, lo más sanador
no es la información, sino la compañía.
El
comedor principal del castillo de Elyndor estaba más silencioso de lo habitual.
Las luces tenues de los candelabros se reflejaban en los jarrones de cristal
celeste y en las largas mesas de roble. Aunque éramos los únicos en esa ala, la
inmensidad del salón no se sentía vacía. Por primera vez en días, no había
preguntas urgentes, ni amenazas veladas, ni secretos acechando cada palabra.
Solo
nosotros tres. Julia, Claudius… y yo.
—¿Entonces?
—Julia apoyó los codos en la mesa y me miró con una ceja arqueada—. ¿Hija del
rey de Elyndor, heredera fugada, hermana de la niña de la profecía? Debo
admitir que no lo vi venir.
—Yo sí
—intervino Claudius, cortando un trozo de pan con el cuchillo sin levantar la
vista—. Bueno… lo sospechaba. No sabíamos exactamente qué, pero… había algo.
—¿Algo?
—reí con suavidad.
—Llevamos
años viajando juntos, Lynette. Había cosas que no encajaban. Las joyas que
nunca quisiste vender ni tocar, tu forma de hablar, esa manía de observarlo
todo como si estuvieras comparando el mundo con un recuerdo más grande. No
quisimos preguntar. Te veías cómoda… libre.
—Y
queríamos respetar eso —agregó Julia, encogiéndose de hombros—. Éramos un
grupo, no un interrogatorio.
Sus
palabras me atravesaron con ternura. Los había tenido al lado todo ese tiempo.
Sin juicios. Sin condiciones. Y aun así, seguían aquí.
—Gracias
—dije con una sonrisa pequeña, pero honesta—. Gracias por confiar en mí incluso
sin saber todo. Por seguirme. Por no soltarme. No como una princesa… como
amiga.
Julia
fingió una mueca dramática.
—Por favor, ni se te ocurra ponerte solemne. Bastante tuvimos con tu padre esta
mañana.
—Justamente
por eso —me burlé con tono travieso—. Después de tanta formalidad… puedo
preguntar algo un poco menos real y un poco más… humano.
Ambos me
miraron, expectantes.
—¿Ustedes
dos… alguna vez fueron algo más que amigos?
Julia se
atragantó con su copa de vino y Claudius parpadeó como si no hubiera escuchado
bien.
—¿¡Qué?!
—saltó ella, más alterada de lo que esperaba—. ¿De dónde sacas eso?
—¡Solo
era una pregunta! —reí con gusto al verla sonrojarse hasta las orejas—.
Viajamos años juntos. Tanta sincronía, tantas discusiones absurdas… algo había.
Claudius,
como siempre, se lo tomó con calma.
—Julia es importante para mí. Siempre la protegeré, pase lo que pase. Pero no…
nunca hablamos de eso.
Julia
bajó la mirada, visiblemente incómoda. Su copa giraba entre los dedos, y aunque
no decía nada, sus mejillas aún ardían. Ahí estaba la respuesta.
No
insistí. Solo sonreí para mí, con esa satisfacción silenciosa que se siente
cuando se confirma lo que el corazón ya sabía.
El resto
de la cena transcurrió entre risas, recuerdos de viajes pasados y anécdotas que
habíamos repetido mil veces, pero que ahora tenían un nuevo peso. No por la
nostalgia, sino porque sabíamos que, pase lo que pase, seguíamos siendo los
mismos.
—¿Recuerdan
cuando intentamos cruzar el paso de Zevrak y terminamos atrapados en una
tormenta de arena por seguir el “instinto” de Claudius? —soltó Julia, alzando
su copa.
—¡Yo no
seguí mi instinto! Fue ese mapa maldito que compramos por dos monedas y un
trozo de pan —respondió Claudius, fingiendo indignación.
—Y aún
así insististe que olía a dirección correcta —agregué yo, riendo mientras lo
señalaba.
Así
éramos. Tres tontos con ideales, con mochilas llenas de errores y victorias,
con cicatrices que no necesitaban explicación. Nos conocimos en una taberna
ruinosa en los bordes de Liorgan, cuando yo buscaba un objetivo lejos de la
corte, y ellos… solo buscaban sobrevivir. Julia me ofreció vino. Claudius me
ofreció una apuesta que perdí a propósito. Desde entonces, dejamos de viajar
solos.
Cuando me
despedí de ambos esa noche, sentí un alivio que hacía tiempo no me permitía.
Tenía aliados. Tenía amigos. Y por primera vez, no estaba luchando sola contra
un destino que parecía escrito desde antes de mi nacimiento.
—¿Dónde
te alojas tú? —preguntó Julia, bostezando con disimulo.
—Una de
las habitaciones este, la de siempre. ¿Y tú? —respondí.
—La
misma. Me dijeron que podía compartir contigo si querías. Siempre es mejor que
dormir con la paranoia de que el castillo tenga pasadizos secretos o espías en
el techo.
—Entonces,
¿dormimos juntas? —le dije a Julia, ya de pie.
—Obvio.
Así me aseguro de que no te escapas por una ventana si te arrepientes de todo
esto de la realeza.
Julia y
yo avanzamos por los pasillos silenciosos, nuestras botas amortiguadas por las
alfombras celestiales del castillo. Ella iba hablando de trivialidades —de
comida, del vino de Ignareth, de un vestido horrible que me vio usar en nuestra
primera misión juntas—, cuando de pronto se detuvo.
Al final
del pasillo, una figura esperaba inmóvil, como parte del mobiliario antiguo del
castillo.
Mi madre.
Lunara
Seraphyde, la reina de Elyndor. El alma inquebrantable del trono estelar.
Sus ojos,
oscuros como la noche tras la tormenta, me observaron sin juicio, pero con algo
que se parecía demasiado a la tristeza.
—¿Podemos
hablar? —preguntó. Su voz no era la de una reina. Era la de una madre.
Julia me
miró, luego a ella, y dio un paso atrás sin decir nada.
—Estaré en
la habitación. No tardes, ¿sí? —me susurró, y luego desapareció entre las
sombras del pasillo.
Asentí en
silencio. Y la seguí.
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