Carta 5. “Verdades Susurradas Bajo la Luna”
Carta 5. “Verdades Susurradas Bajo la Luna”
Escrita por: Lunara Seraphyde
“Los
senderos del tiempo se entrelazan como hilos invisibles, y cada decisión no
tomada deja un eco en los hilos del alma. Cuando las huellas del pasado se
borran por el viento del olvido, el presente camina a ciegas... hasta que
alguien, escuchando los susurros del destino, se atreve a romper el círculo. Y
en ese instante, el futuro se escribe por primera vez.”
-
Ruby Ziel
—Entra,
Lynette —le dije con voz más rota de lo que quise admitir—. Necesito hablar
contigo.
La muchacha me
miró con cautela desde el umbral de mi habitación. No era común en mí
convocarla a estas horas, menos aún con ese tono. Pero obedeció sin hacer
preguntas, cerrando la puerta tras de sí.
Las lunas
brillaban con fuerza desde la ventana abierta. Sentí su reflejo sobre la
alfombra, como dos ojos que nunca parpadeaban. Me senté frente a ella, el
corazón pesado, la garganta tensa.
—Durante
años he guardado silencio —empecé, mirando sus ojos azules, tan distintos a los
de su hermana—. Pero ya no puedo hacerlo. No ahora.
Lynette
asintió en silencio. Estaba acostumbrada a enfrentarse a lo imposible, pero no
a verme así: frágil, contenida, humana.
—¿Es sobre la profecía?
Asentí.
—Quiero contarte algo que ocurrió mucho antes de que
nacieras. Una verdad que nadie más sabe… salvo yo y la luna.
En aquel
entonces era parte del escuadrón de investigación arcana del reino.
Jovencísima, recién nombrada, con más valor que prudencia. Viajábamos cerca de
la frontera con Noctharion, estudiando antiguos fragmentos en ruinas olvidadas
por todos, menos por los que sabían dónde buscar.
Una tarde, mientras explorábamos los límites del bosque, me
alejé del grupo por curiosidad. El aire se tornó extraño, y una niebla espesa
se alzó de la nada. No escuchaba a nadie. Ni siquiera a mí.
Y entonces la vi.
Pequeña, casi etérea. Una joven de cabello blanco y ojos
grises, parada en el centro de un claro como si siempre hubiera estado allí.
Llevaba un manto azul noche, y su presencia distorsionaba todo a su alrededor:
el tiempo se ralentizaba, las hojas caían y no tocaban el suelo.
—Lunara Seraphyde —dijo, como quien recita una línea
sabida—. Llevas en ti la marca del linaje real, y el peso del porvenir.
Intenté hablar, pero su voz me sobrepasó, sus palabras eran
ecos de algo ya vivido.
—Me llamo Ruby Ziel. Portadora del Arcano VII. El Viajero.
El Éter me guía, y a través de él he visto las líneas rotas del destino.
No supe si era una visión, un sueño o algo más profundo.
Pero lo que dijo después se me grabó con fuego.
—Tu hija, la de ojos como lunas de plata, será el
faro y el juicio. No podrás salvarla, pero podrás prepararla.
Y entonces desapareció. Así, como un suspiro. La niebla
retrocedió. El bosque volvió a su forma natural. Regresé con el escuadrón y
jamás conté nada.
—¿Celestine?
—susurró Lynette. No era una pregunta, era un miedo que ya había germinado.
Yo no respondí. Solo dejé que mis ojos hablaran por mí.
Porque sí. Aquella visión marcó mi alma.
Y cuando sostuve por primera vez a mi hija recién nacida…
…y vi en su rostro los ojos plateados que solo existen en las profecías…
Supe que el destino ya la había elegido.
Y que yo, como madre, estaba condenada a observar sin poder interceder.
El silencio
entre nosotras fue largo, pero no incómodo. Era el tipo de silencio que solo
las verdades demasiado grandes pueden dejar detrás.
—Esa joven
—dije finalmente—, Ruby Ziel, no solo me habló de Celestine. Me habló de los
Arcanos. De lo que realmente son.
Lynette
frunció el ceño, pero no interrumpió. Escuchaba con la atención de quien sabe
que lo que está por oír no está escrito en ningún tomo arcano ni en los
registros reales.
—Cada
Arcano —continué— es un fragmento del alma del mundo. Una fuerza antigua,
primordial, que toma forma humana cuando el equilibrio se tambalea. No nacen al
azar, ni por elección.
Son inevitables.
Me
levanté con lentitud y caminé hacia el ventanal. Las lunas seguían allí, una
mostrando serenidad, la otra, recordanome toda la sangre que se ha derramado
por milenios.
—Cuando uno de ellos muere, su energía vuelve a fundirse
con el mundo… hasta que el mundo vuelve a necesitarlo. Y así renace. No como
una copia, sino como una nueva vida, un nuevo rostro… pero con la misma carga.
—¿Recuerdan? —preguntó Lynette en voz baja.
Negué.
—No del todo. No tienen memorias claras. Pero algunos
sienten ecos: intuiciones, sueños repetidos, afinidades innatas. Como si algo
dentro de ellos reconociera una historia que nunca vivieron.
Mi voz se apagó un momento.
—Pero hay uno que es distinto.
—¿El Éter? —preguntó.
Asentí.
—El Éter no es un elemento como el fuego, el agua o la
tierra. Es la corriente entre todas las cosas, el latido del destino. Solo el
Arcano del Viajero puede manipularlo de forma pura. Ni siquiera los sabios de
Noctharion han logrado replicarlo. Lo han intentado. Y han fracasado.
Recordé el claro, la niebla, la quietud del tiempo. Ruby
caminando sin dejar huellas. Como si no perteneciera a este plano.
—Ella dijo algo más… “Los caminos se repiten hasta que
aprendan a caminar distinto.”
Esta no era la primera vez que la historia se tejía así.
—¿Y esta vez?
—preguntó Lynette, inquieta.
—No lo sé.
Pero cuando sostuve a Celestine por primera vez…
Cuando abrí la manta y vi sus ojos, esos ojos como lunas nuevas…
Me sentí paralizada.
—Supe que era ella —susurré—. La del presagio.
Y por primera vez, no como reina…
…sino como madre…
Sentí miedo.
Porque ningún poder que posea me permite protegerla del
destino.
La lluvia repicaba suavemente contra los
vitrales. No era intensa, pero constante, como si el cielo se atreviera a
llorar lo que yo aún no podía decir en voz alta.
—Lo
que voy a decirte ahora —le dije a Lynette— no figura en los registros del
templo, ni en los anales de la Corona.
Es algo que ha sido susurrado entre generaciones, apenas sostenido por
fragmentos, visiones y cicatrices del mundo.
Ella
me observaba con una expresión que ya no era de impaciencia, sino de temor
contenido.
—¿Cuántas
veces ha ocurrido esto, madre?
Inspiré
hondo.
—Esta… es la
cuarta.
La cuarta
vez que el destino intenta reparar lo irreparable.
—¿Y
las anteriores? —preguntó, apenas en un murmullo.
—Fallaron. Todas.
Me giré hacia ella. No había más lugar para adornos ni
medias verdades.
—La primera vez, ambos portadores cayeron. El poder los
devoró. Se convirtieron en algo… irreconocible.
La segunda, uno intentó detener al otro, pero fue demasiado tarde. Las ruinas
aún se pueden ver en los desiertos del norte.
Y la tercera…
Mi voz se quebró.
—Uno desapareció. Sin dejar rastro. El otro… desató una ola
de destrucción que partió un continente en dos. Aún hay regiones donde la
tierra no cicatriza.
Lynette me miraba como si viera un fantasma. No solo por lo
que decía, sino por el dolor con el que lo decía.
—Por eso se escribió el poema —continué—. No fue una
profecía divina. Fue un grito de auxilio.
Los últimos sobrevivientes del tercer ciclo grabaron sus palabras en Ithoran
Antiguo, escondiéndolas para que no cayeran en manos equivocadas.
Una advertencia para nosotros, los que vendríamos después. Para que no
cometiéramos los mismos errores.
—¿Y tú crees que Celestine… que ella será distinta?
—No solo ella —dije—. También el otro portador podrá encontrar
su camino.
Ambos son el centro del ciclo. Las Dos Lunas. Calamidad y Lunar.
El Arcano XIV y el XV solo emergen cuando el mundo está al borde de su colapso.
Por eso hay tan pocos registros de ellos. Son el último recurso del destino.
Hubo un silencio entre nosotras.
—¿Y si fracasan también? —preguntó.
—Entonces no habrá quinta vez —respondí, con la voz más
firme de la noche—. El planeta ya está agotado. Este será el último intento.
Porque el mundo… simplemente dejará de intentar salvarse.
Me acerqué, tomé su mano. Ya no como reina. Como madre.
Como mujer que carga con la verdad y el miedo.
—Lynette, tú eres fuerte, más de lo que jamás admitirás. Y
aunque no formes parte de la profecía, formas parte de lo más importante: del
presente.
No puedes pelear sus batallas. Pero puedes evitar que luchen solas.
Ella bajó la cabeza. Asintió.
—Haré todo lo que pueda, madre. Todo.
La abracé. No como reina, sino como mujer que ha conocido
el miedo de tener dos hijas destinadas a caminar por caminos que no elegí para
ellas.
No fue Ruby Ziel
quien me entregó el poema. Ella solo encendió una chispa.
El resto fue una obsesión que me acompañó por décadas.
Entre ruinas selladas, templos
olvidados y bibliotecas polvorientas, reuní lo que quedaba del legado de
quienes vinieron antes.
Pocas veces en orden. Casi siempre fragmentado, distorsionado por traducciones
rotas o interpretaciones interesadas.
Pero algunas líneas
sobrevivieron, intactas como cuchillas antiguas.
“Et veyrra'ka sil e'ni zartha —
khera lunare, khera daeren.”
“Cuando los reflejos tiemblen, uno elegirá la noche, otro, el amanecer.”
“Asi'rhan tae valenor — su'ta
miral'ka.”
“El ciclo no exige obediencia, solo decisión.”
Eso es lo que el poema es en
realidad: no una condena, sino una guía.
No predice acciones. Nombra bifurcaciones. Sombra o luz. Silencio o palabra.
Ceguera o verdad.
La mayoría solo lo entiende
cuando es demasiado tarde.
Miré a Lynette, que seguía allí, ahora
sentada a mis pies como cuando era niña.
Creciste sin saber que eras el escudo. Y aun así, aquí estás.
La tomé entre mis brazos. Y esta
vez no fue solo para reconfortarla, sino para prometerle algo.
—No dejaré que el pasado se
repita sin luchar.
—Y yo no dejaré que Celestine caiga sola —me respondió, como una llama
encendida al borde del abismo.
Las lunas se alzaban en el cielo
como espejos suspendidos. La menor, pálida y difusa. La mayor, intensa como una
llama del presagio.
Salí al balcón, sola. Observé
cómo sus reflejos se estiraban sobre el lago de Elyndor.
A veces, me parece que me miran. Que juzgan.
Y mientras la brisa mecía las
cortinas tras de mí, susurré a la noche:
—Aún no sé si será suficiente…
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