Carta 6. “La Luz Que no Quise”
Carta 6. “La Luz Que no Quise”
Escrita por: Celestine Seraphyde.
"Cuando la luz no sepa a quién salvar, y el fuego no
sepa a quién devorar… entonces serán las lunas quienes decidan, y la profecía no
perdona.”
- Averan Dreylis.
Ese día, esa clase, esa mañana. No
se borrará nunca de mis ojos.
Estábamos en el aula de
experimentación avanzada, una de las salas más antiguas de Thalvarion. Piedras
grises reforzadas con runas, mesas circulares que giraban solas, vitrinas
flotantes llenas de artefactos mágicos clasificados con precisión quirúrgica. La
actividad del día era simple: sincronizar nuestra afinidad elemental con un
amplificador de éter.
Nada nuevo. Nada que se saliera
del control.
Hasta que todo lo hizo.
Fue un estudiante al otro lado de
la sala —Arlyn, creo que se llamaba— quien activó su amplificador sin las
protecciones completas. Su elemento era viento, y el artefacto, una esfera
brillante rodeada de anillos flotantes, empezó a zumbar de forma errática. Una
corriente violenta estalló desde su centro y los anillos salieron disparados como
cuchillas invisibles. El éter se desestabilizó. Las lámparas de cristal
explotaron. El suelo tembló.
Y yo… me quedé congelada.
Quise reaccionar, moverme,
correr. Pero algo dentro de mí se cerró, como si el tiempo se volviera viscoso
y espeso.
Arlyn gritaba. Otros retrocedían o intentaban conjurar escudos.
Yo solo escuchaba un zumbido, profundo, agudo, interminable… hasta que algo
cambió.
Fue como si mi corazón no
latiera… sino que se apagara.
No dolió. No fue miedo.
Fue… silencio.
Y entonces, sin que yo hiciera
nada —sin conjuro, sin gesto, sin palabra— la luz apareció.
Una luz plateada brotó de mi pecho como niebla líquida. Se expandió en
círculos, empujando el caos con un suspiro. No quemaba. No cegaba. Solo era…
silencio.
El artefacto se quebró al contacto
con la luz. El viento se detuvo. Las runas temblaron y luego brillaron con
fuerza renovada.
Y lo más extraño: Arlyn, el chico que estuvo a punto de ser cortado en pedazos
por su propio hechizo, se calmó. Como si hubiera caído en un sueño profundo,
tranquilo, sin dolor.
La luz duró unos segundos. O
quizá fueron minutos.
Pero cuando se desvaneció, solo quedó ese mismo silencio.
No de los hechizos, ni de los estallidos.
De las voces.
De todos.
Cuando la luz desapareció, nadie
habló.
Algunos me miraban como si
hubieran visto un fantasma. Otros… bajaron la cabeza.
No por respeto. Ni por devoción.
Era miedo.
El profesor encargado, Frederick
Rowen, un mago joven con afinidad de dendro, tardó varios segundos en recuperar
el habla. Su cara de asombro y preocupación no dejaban de mirarme, y susurro:
—Eso… eso no fue magia.
Eso fue otra cosa.
Sus palabras se repitieron en mi
cabeza como una campana maldita.
Otra cosa.
Sentí el aire más denso, como si
el aula entera no pudiera respirar. Y entonces, una presión distinta me golpeó
el pecho: no era magia, no era emoción.
Era una presencia.
Alcé la vista.
El director Averan Dreylis nos observaba desde el
umbral de piedra, con sus manos tras la espalda y ese gesto siempre sereno…
demasiado sereno.
Sus ojos recorrieron la escena, se detuvieron en mí, y aunque no dijo una sola
palabra, su mirada me atravesó como un bisturí.
Quise dar un paso atrás. No pude.
Su silencio pesaba más que cualquier condena.
Y fue entonces cuando una voz
joven, clara y firme, se abrió paso entre el murmullo contenido.
—¿Estás bien?
Natalie.
Siempre Natalie.
Se acercó a mí sin miedo, sin
dudar, como si no hubiera presenciado nada fuera de lo común. Me tomó del brazo
con firmeza, obligándome a volver al presente.
No respondí al principio. No sabía qué decir.
A nuestro lado, otro grupo
murmuraba algo sobre otra estudiante. Una joven rubia de ojos violáceos, parte
de la nobleza de Noctharion, observaba la escena con los brazos cruzados.
Su uniforme era impecable. Su postura, recta.
Lysara Vendral.
Sentí su mirada recorrerme como quien evalúa a un oponente, no a una compañera.
No se acercó. No preguntó.
Solo me observó… como si ya me conociera de antes.
Como si yo fuera una variable molesta en una ecuación que pensaba tener
resuelta.
Esa noche, no podía dormir.
La luz seguía palpitando bajo mi piel como un corazón que no era mío.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la expresión de todos —el miedo, la
incertidumbre, la sombra en el rostro del director.
Pero más que eso… recordaba el silencio.
Un silencio absoluto, como si la luz hubiera callado incluso al mundo.
Golpearon la puerta dos veces,
suaves.
La reconocí al instante.
—¿Puedo pasar? —preguntó Natalie,
sin esperar respuesta.
Traía una manta, dos tazas
humeantes y su sonrisa inquebrantable. Se sentó a mi lado sin decir palabra por
unos minutos, ofreciéndome una de las tazas.
—No es poción ni infusión mágica.
Solo té —dijo—. Aunque considerando tu día, podrías merecer algo más fuerte.
Intenté sonreír. Me salió apenas
un intento.
Ella me observó con más atención, como si buscara fisuras detrás de mi fachada.
—¿Cómo te sientes?
No supe qué responder.
No era dolor, no era alivio.
Era… como si algo que había estado dormido en mi interior se hubiera
desperezado, aún sin abrir del todo los ojos.
—No tuve miedo —dije al fin,
bajando la mirada—. Eso fue lo más extraño. No fue miedo… fue otra cosa.
Tristeza, tal vez. Como si... esa luz no fuera completamente mía. Como si me
estuviera recordando algo que ya olvidé.
Natalie guardó silencio. La vi
fruncir el ceño por primera vez desde que la conocí.
—Cuando la invocaste, yo… sentí
cosas. No de forma clara. Más bien como un eco. Era algo… viejo. Antiguo. Me
dieron escalofríos, pero no de los malos. Era como si esa luz hablara en un
idioma que no recordamos, pero aún reconocemos.
Sus palabras me sacudieron.
Ella lo había sentido también. No solo yo.
—¿Crees que… esa luz pueda
hacerle daño a otros?
—¿Daño? —repitió Natalie—.
Celestine, esa luz no destruyó. Detuvo el caos. La magia dejó de descontrolarse
cuando apareció. El problema no es la luz. El problema es que nadie entiende
qué es.
Y eso… asusta.
Asentí lentamente.
Después de un rato, Natalie me rozó el hombro con el suyo y murmuró con tono
más liviano:
—Sea lo que sea, si alguna vez
decides brillar de nuevo… asegúrate de avisarme antes. Me asustan los destellos
sorpresivos.
Reí, aunque fue más un suspiro
que una risa.
La tensión seguía ahí, como una cuerda estirada al límite, pero por un momento…
no me sentí tan sola.
Habían pasado unos días desde la
clase.
Las palabras susurradas por los pasillos hablaban de mí sin nombrarme, de una
luz sin nombre, de algo que no era magia… pero que la había vencido.
Yo intentaba fingir normalidad. Intentaba no sentirme diferente. Pero fracasaba.
Durante la sesión de
entrenamiento de ese día, el profesor Rowen propuso una práctica de
canalización compartida: dos estudiantes debían unir manos y estabilizar una
corriente de éter entre ambos. Lo llamaban “respiración dual”, un ejercicio
para aprender a sostener y equilibrar maná externo en sincronía.
Me asignaron con Kaelen.
No había hablado con él desde el
incidente. Nos habíamos cruzado de lejos, pero su expresión se mantenía
hermética, cerrada, como si algo en él estuviera más encerrado que antes.
Nos miramos apenas, incómodos.
—Solo es por unos segundos —dijo
Natalie al pasar, empujándome con una sonrisa—. No te vayas a enamorar.
Extendí la mano.
Kaelen la tomó.
En el instante en que nuestros
dedos se tocaron, todo desapareció.
El mundo dejó de ser.
No estábamos en el patio de
entrenamiento. No había ecos, ni muros, ni tiempo.
Solo una visión:
Nosotros dos, frente a un abismo
sin fondo.
El cielo roto sobre nuestras cabezas.
Las lunas —ambas— apagadas.
Yo lloraba.
Él tenía sangre en las manos.
Nos sosteníamos con fuerza, intentando sujetarnos, pero algo invisible nos
separaba.
Y entonces caímos.
Los dos.
Volvimos al presente de golpe.
Yo jadeé. Kaelen soltó mi mano con violencia, como si quemara.
Tropezó hacia atrás. Shion fue la primera en correr a su lado.
—¿Kaelen? ¿Qué te pasó?
Él no respondió. Se puso de pie,
aún tambaleante, y sin mirar a nadie, corrió del patio en silencio.
Yo no podía moverme. Natalie me
sostuvo.
—¿Celestine? —preguntó con voz
baja.
Lo vi alejarse, sabiendo
—sintiendo— que él también lo había visto.
La misma visión. El mismo abismo.
La corriente entre nosotros no
fue solo magia.
Fue un eco del destino.
Y por un segundo… me sentí
culpable de algo que aún no ha ocurrido.
El profesor Rowen se acercó corriendo
a mí con preocupación, con ayuda de Natalie me pusieron de pie. Pero sabía que
todo esto no era cordialidad, había algo más.
—Las dos, vengan conmigo a mi
oficina.
Su tono decidido con combinada
con su rostro sereno y amable, mi re a Natalie y asentimos sin decir nada. Y los
3 nos dirigimos a lo que sería un nuevo lugar seguro en este lugar.
La oficina del profesor Rowen
olía a tinta seca y hojas viejas, pero tenía una calidez que no imaginé. Libros
apilados sin orden, pocillos con infusiones medio frías, una planta trepadora
colgando del ventanal. Natalie se sentó junto a mí, cruzando las piernas con
comodidad, mientras Theren —casualmente presente— se apoyaba en una estantería,
brazos cruzados, observando con su expresión neutra de siempre.
Frederick nos ofreció té.
Aceptamos.
Luego se sentó tras su escritorio,
se quitó los lentes y me miró con atención serena. No con juicio, sino con un
dejo de cariño… y algo más cercano a la preocupación.
—No fue un simple brote mágico,
Celestine —empezó—. Lo que manifestaste no corresponde a ninguna rama elemental
conocida. Y te lo digo yo, que he enseñado teoría mágica durante más años de
los que me gusta admitir.
Natalie bajó la vista, como si ya
lo sospechara. Theren permanecía en silencio, pero asintió levemente.
—Lo que viste —prosiguió
Frederick—, lo que sentimos todos en ese salón… fue Éter estabilizado. No como
el que se extrae con runas o artefactos prohibidos. Esto fue natural. Orgánico.
Vivo.
Sentí que mi garganta se cerraba,
pero me obligué a escuchar.
—¿Y eso qué significa? —pregunté.
Frederick intercambió una mirada
con Theren. Fue él quien habló entonces:
—Significa que despertaste algo
que no es tuyo… pero también lo es. Algo que existe más allá de ti. Un vínculo
con el tejido mismo del mundo.
La pausa que siguió pesó más que
cualquier explicación.
—¿Y cómo sabes todo eso…?
—musité.
Frederick sonrió apenas. Luego
rebuscó en un cajón y sacó una pequeña nota. Me la entregó. Reconocí la
caligrafía de inmediato.
“Cuando despierte, estarás allí
para guiarla. Ella no lo entenderá al principio. Pero su luz es parte de algo
mayor. Como lo fue la tuya alguna vez. No la dejes sola.”
—Ankler.
Mi corazón dio un vuelco.
—Conozco a Ankler desde hace
décadas —dijo Frederick—. Y cuando supo que tú ingresarías a Thalvarion, me
pidió que te cuidara. Me dijo que tú… y otro más, estaban marcados.
Miré a Natalie. Ella me devolvió
una mirada cargada de dudas y fuego.
—¿Marcados por qué? —preguntó
ella.
Frederick inspiró hondo.
—Por los Arcanos. Por la
profecía. Y por una historia que se está repitiendo, una que el mundo no logró
cerrar la primera vez.
Theren finalmente se apartó de la
estantería. Se acercó a nosotros, colocó una mano sobre el respaldo de mi
silla, sin tocarme.
—No estás sola en esto,
Celestine. Y aunque todavía no sepas qué significa todo esto… nosotros vamos a
ayudarte a encontrarlo.
Frederick dejó
que el silencio habitara la habitación unos segundos más. Luego abrió un libro
grande, cubierto en cuero agrietado. Lo hojeó con manos cuidadosas, como si
tocara historia viva.
—Este
texto fue prohibido hace más de dos siglos —murmuró—. Fragmentos de un poema
que nadie ha logrado traducir por completo. Pero algunos de nosotros… creemos
que es una advertencia. O quizás una oportunidad.
Nos
mostró una página. No entendí la escritura, pero había dibujos: dos lunas
enfrentadas, una con una grieta negra, la otra llorando lágrimas de luz.
—¿Qué es? —pregunté.
—La Profecía de las Dos Lunas —respondió Theren por él—.
Habla de dos fuerzas que deben encontrarse, aceptarse y desafiar lo que ya está
escrito.
Frederick me miró directamente.
—Tú, Celestine, eres la portadora del Arcano XV. El Arcano
Lunar. Tu poder no es elemental: es simbólico, arquetípico. Representas algo
que trasciende la magia convencional. Algo que solo se manifiesta cuando el
destino comienza a girar.
Tragué saliva. Sentí las palabras clavarse en el pecho.
—Kaelen… —dije.
Todos me miraron.
—Hoy, durante un ejercicio… nos tocamos las manos. Por un
segundo. Fue… como caer en un recuerdo que no era mío. Una visión… rota. Como
si hubiéramos fallado en algo muy importante. Algo antiguo.
Frederick asintió lentamente.
—Kaelen Drayen. El otro protagonista de esta historia.
Ustedes dos… son las llaves que podrían reescribir lo que viene. O repetir la
tragedia.
Natalie me tomó la mano, esta vez con suavidad, sin
visiones ni sobresaltos.
—¿Y qué pasa si no queremos ese destino? —preguntó.
Theren fue el que respondió, serio.
—Entonces el mundo seguirá su curso. Uno que lleva siglos
anunciando su ruina. Pero si quieren cambiarlo… no estarán solas.
Esa noche no
dormí.
Me senté junto
a la ventana de mi habitación, con la luz de las lunas bañando el suelo.
Pensé en Kaelen. En su silencio, en sus ojos heridos. En
ese abismo que vi entre nosotros al tocarlo.
Pensé en mí misma. En lo que se había despertado dentro de
mí.
O tal vez no despertó nada.
Tal vez simplemente… dejó de dormir.
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