Carta 7. “Cuando el Fuego Acepto Compañía”
Carta 7. “Cuando el Fuego Acepto Compañía”
Escrita por: Kaelen Drayen.
“No es solo con poder o magia que se entrelazan
las voluntades, sino con la decisión de sostenerse mutuamente en las sombras y
la luz que cada uno lleva dentro. Cuando esas voluntades convergen, ni el
destino más cruel podrá romper sus lazos.”
- Frederick Rowen.
No confío en los días soleados.
Ni en los pasillos demasiado
limpios. Ni en las sonrisas suaves de estudiantes que no saben que el mundo
puede quebrarse por dentro sin hacer ruido. Thalvarion es eso: una fachada de
piedra antigua, cubriendo vísceras que no quiere mostrar. Cada vez que camino
por sus jardines, perfectamente podados, con ese ridículo viento perfumado a
jazmín artificial, siento que estoy en una obra de teatro mal actuada. Y el
público ya aplaude antes de que empiece el acto.
Detesto la rutina. Me da la falsa
sensación de que algo importante no está pasando. Que todo lo que arde
en mí se ha vuelto inútil.
Pero el fuego no desaparece solo
porque uno lo ignore. Solo se oculta… y duele más.
Camino por el corredor principal,
observando cómo una estudiante le lanza pétalos a un lagarto mágico que canta. Canta,
por Éter. Hay algo grotescamente perfecto en todo esto. Me aprieto la
mandíbula. El silencio alrededor es tan pulcro que me dan ganas de romperlo con
un grito.
Entonces aparece.
Una nota. Doblada con precisión,
deslizándose bajo la puerta de mi habitación como si fuera un susurro
disfrazado de papel. La tomo con dos dedos, receloso. Reconozco la caligrafía
antes de abrirla: letra firme, de líneas anchas, con una leve inclinación como
quien escribe mientras piensa demasiado.
“Sr. Drayen. Si tiene un momento,
me gustaría conversar con usted esta tarde en mi despacho. No es urgente. Pero
sí importante. – F. Rowen.”
No es urgente. Pero sí
importante.
Qué elegante forma de decir: sé quién eres, y quiero que lo sepas también.
Siento que mi espalda se tensa.
El peso invisible que arrastro desde Ignareth, ese que nadie aquí parece notar,
parpadea bajo mi piel como una llama contenida.
Parece que alguien, por fin,
empieza a ver el humo.
El despacho del profesor
Frederick Rowen huele a madera vieja y a hojas húmedas. No es desagradable,
pero tampoco reconfortante. Como una biblioteca que respira por sí sola,
esperando que le cuentes algo que aún no sabías que llevabas dentro.
Él no dice nada al principio. Se
limita a servirme té de jazmín —irónico—, y me indica con un gesto que me
siente. Lo hago, con los músculos tensos. Mis dedos tamborilean sobre la taza
caliente mientras él hojea un libro como si no tuviera prisa. O como si el
silencio fuera parte de la conversación.
Cuando finalmente habla, su voz
no es inquisitiva, ni solemne. Solo… serena.
—Kaelen —dice, sin levantar la
vista—. ¿Sabes lo que es un Arcano?
—Sí —respondo. Y no por lo que
enseñan en esta academia.
Él asiente, como si no esperara
menos. Cierra el libro con delicadeza y lo aparta. Luego me mira, directo, pero
sin fuerza. No busca perforarme. Solo verme.
—Tú portas el Arcano XIV.
No digo nada.
No necesito hacerlo. Ni él
tampoco.
—Lo sé —añado al fin, bajando la
vista hacia el té. Ya está tibio. Me recuerda a una noche lejana en una caverna
de roca volcánica, donde la luz era azul, y las palabras sabían a advertencia.
—¿Quién te lo dijo?
—Mi mentor —respondo, sin pensar.
Luego, más bajo—: Sagreth.
Una pausa. Frederick me observa
como si esperara algo más. No presión, no juicio. Solo… tiempo.
—¿Sagreth… es un demonio?
—pregunta.
Y esa palabra —demonio— suena distinta en su boca. No
como insulto. Como hecho.
Mi cuerpo reacciona antes que yo.
Me enderezo, frío, la garganta en tensión.
—No —miento.
Silencio.
Frederick no se inmuta. No me
corrige. No se inclina hacia mí con sospecha ni entrecierra los ojos. Solo se
sirve un poco más de té y lo deja enfriar.
Y en ese espacio... me derrumbo
un poco. Muy poco. Lo suficiente.
—Sí —digo al final—. Lo es.
Frederick asiente una vez. Ni
rápido ni lento. Solo… como si ya lo supiera.
Luego, con una voz que podría ser
de invierno o de consuelo, dice:
—No todo lo que cae del cielo es
luz.
Pero a veces… lo que nace del abismo alumbra mejor el camino.
Me quedo callado.
No sé qué esperaba. Reproche,
miedo, un sermón envuelto en compasión académica.
Pero eso…
Eso fue otra cosa.
Casi quiero reírme. O golpear la
mesa. No sé por qué.
¿Quién demonios dice algo así? ¿Quién lo dice en serio?
Pero por dentro, algo —muy
pequeño, casi imperceptible— se suelta.
No confío en este lugar. Ni en su
té, ni en sus libros.
Pero por un segundo… confío en esa frase.
Solo un segundo. Nada más.
El salón de entrenamiento número
tres está lleno de trampas. No físicas —aunque no lo descartaría—, sino
emocionales.
Hay energía elemental acumulada
en el centro, contenida en una esfera flotante que parpadea con un núcleo
brillante y volátil. Su función, según nos explicaron, es forzarnos a
interactuar como grupo. A sincronizar nuestros elementos para estabilizarla.
Una prueba de “cooperación mágica”, dijeron.
Sí, claro. Juntar cuatro
voluntades opuestas, cada una con su propia cicatriz, y esperar que canten al
mismo compás.
Una idea brillante.
Estoy con Natalie —la legoriana enérgica de cabellera rosa y flores
con actitud—, Shion —silenciosa
como una lágrima cayendo al agua—, y… Celestine
Seraphyde.
Sí, la princesa de la luz plateada.
Literalmente.
Estoy jodido.
La esfera empieza a emitir pulsos
erráticos. Cada uno altera ligeramente la afinidad mágica en el ambiente. Las
raíces de Natalie brotan involuntariamente de sus pies. Shion retrocede, con
gotas suspendidas en torno a su cuerpo como un reflejo inconsciente. Celestine
aún no se mueve. Me tensa que esté tan… serena. Como si ya supiera el final.
Intentamos un primer acercamiento.
Fracaso.
Natalie extiende ramas en forma
de red, tratando de rodear la esfera. Mi fuego se interpone sin querer,
quemando parte de su formación antes de tocarla. Nos miramos de reojo. No
decimos nada, pero lo pienso: esto no va a funcionar.
Shion intenta amortiguar el
desbalance con una fina cortina de agua. Funciona… por tres segundos. Luego el
vapor nos ciega.
—¡Aparta tu fuego, Kaelen! —grita
Natalie, agitando la mano para disipar el humo.
—¡No lo estoy dirigiendo a
propósito! —respondo, y eso es parte del problema. La esfera reacciona sola a mí. Como si me conociera.
Entonces Celestine da un paso al
frente.
No dice nada. Solo alza una mano.
Su luz no quema, no ciega. Es un reflejo de luna en superficie calma. Se funde
con el vapor, con las ramas, con el fuego, con el agua. Por un instante, todo…
se alinea.
No entiendo cómo sucede. Pero
sucede.
El fuego se vuelve brasa, las flores se abren sin arder, el agua se convierte
en neblina serena.
Y en el centro, la esfera vibra… y se disuelve.
Silencio.
Ni Frederick, ni mis compañeras,
ni siquiera los otros estudiantes dicen nada.
Yo tampoco.
Porque en ese instante, lo sentí:
una chispa de algo que no dolía.
Un ritmo compartido.
Y eso, me aterra más que
cualquier magia inestable.
No dijimos nada después.
No hubo felicitaciones, ni risas nerviosas, ni siquiera uno de esos comentarios
mordaces que suelo soltar cuando el silencio me incomoda.
Solo una sensación extraña. Como
si hubiéramos tocado algo que no debía tocarse. Como si la esfera no fuera la
única que se deshizo.
Cuando los demás se marcharon, yo
me quedé. No porque quisiera.
Sino porque algo en mí no se había movido aún.
El suelo sigue tibio por la
energía residual del simulacro. Me siento con la espalda contra la pared más
fría que encuentro. El calor a mi alrededor se ha calmado, pero dentro de mí...
sigue ardiendo algo que no reconozco.
Escucho pasos suaves.
No necesito mirar para saber quién es.
Shion.
Se sienta cerca. No demasiado.
Solo lo suficiente para que su presencia se note como una brisa en una
habitación cerrada.
No dice nada. No intenta
preguntar cómo me siento ni por qué no me fui. Y, por alguna razón, eso me
obliga a hablar.
—No todos los fuegos arden igual
—murmuro, más para mí que para ella.
Hay una pausa. Como si Shion
supiera que la siguiente frase no va a salir fácil. Y no lo hace.
—Mi fuego... no quema carne ni
madera. No sirve para encender antorchas o hervir agua. —Me miro las manos—.
Sirve para otra cosa.
Para deshacer recuerdos. Para romper vínculos.
Para borrar.
Shion gira apenas el rostro. Sus
ojos de agua no tiemblan. Solo... me escuchan.
—Lo descubrí cuando era niño
—sigo, porque detenerme sería peor—. Toqué a alguien. No lo recuerdo bien. Solo
que me miró como si no me conociera. Como si… yo me hubiese ido de él.
Y esa sensación se repitió. Cada vez que usaba mis llamas.
No solo olvidaban cosas.
Olvidaban quiénes eran cuando estaban cerca de mí.
El silencio vuelve. Pero no es
incómodo. Es denso. Y aún así, no me hunde.
Entonces ella dice, muy bajo:
—Entonces… no estás hecho para
destruir. Estás hecho para limpiar cicatrices viejas.
Aunque duela.
La miro.
No porque no crea lo que dice,
sino porque jamás pensé escuchar algo así. De nadie.
Mucho menos de alguien que apenas me conoce.
No respondo.
Y ella solo sonríe. No amplia, ni
luminosa.
Solo… real.
—Sea como sea —dice—, no vas a
cargarlo solo. Ya no.
Yo no sé qué siento en ese
momento.
No hablamos más esa tarde.
Shion se levantó primero. Me dejó
el silencio como una manta doblada con cuidado, y se fue.
Y aunque no lo entendí del todo, algo en mí… se acomodó. Apenas. Pero se
acomodó.
Al día siguiente, el mundo volvió
a moverse.
Y, por desgracia, no me pidió permiso para hacerlo.
Esta vez, no fue con fuego, ni
con luz, ni con gritos.
Fue con una decisión.
El profesor Frederick nos reunió.
Y ya nada volvió a ser lo mismo.
—Ustedes cuatro van a trabajar
juntos.
La frase cae como una piedra en
el estanque. Frederick la lanza con su usual serenidad, pero esta vez nadie
sonríe.
Estamos en la oficina personal
del profesor. Shion, Celestine, Natalie y yo. Un “grupo”. La palabra ya me da
urticaria.
—¿Por qué nosotros? —pregunta
Celestine, firme pero sin dureza. Su tono es el de alguien que ya sospecha la
respuesta.
Frederick deja a un lado el libro
que consultaba.
—Porque están en el centro de
algo más grande que cualquiera de ustedes. Y porque, según los fragmentos de la
profecía… si no fortalecen sus vínculos ahora, los quebrará lo que viene.
Shion se tensa.
—¿La profecía? ¿Hablas de… la de
las Dos Lunas?
Frederick asiente, sorprendido.
—¿La conoces?
Shion asiente lentamente.
—Nos la enseñan en Velmora. Pero…
es distinta. La llaman “El Cántico del Falso Alba”. La versión de la iglesia
dice que los Arcanos son… paganos. Que su poder es una deformación, no un don.
Algo que no proviene de Dios, sino de una voluntad rota.
Celestine frunce el ceño, Natalie
baja la mirada. Frederick suspira.
—La historia la cuentan quienes
la temen… o quienes desean controlarla.
Shion los mira a todos. Luego me
mira a mí. Su voz es más suave, más clara.
—Pero yo no lo creo. Nunca lo
creí del todo.
—Hace una pausa—. ¿Kaelen tiene un Arcano… verdad?
No respondo. Solo mantengo la
mirada. No necesito palabras para confirmar algo que pesa más que el fuego
mismo.
Ella asiente, como si atara todos
los cabos.
—Entonces no importa lo que diga
la iglesia. Yo sé quién eres. Y sé que no estás solo en esto.
Mi pecho arde. Pero no como
antes.
Frederick sonríe con gratitud
contenida.
—Entonces ya somos cuatro. Pero
quiero que sepan que esta formación no fue solo decisión mía… Vino de más
arriba. Una solicitud directa de Ankler.
Ahí, el aire se congela.
Natalie se endereza con ojos muy
abiertos. Celestine se queda en silencio unos segundos antes de hablar.
—¿Ankler? ¿La erudita de Elyndor?
—Ella misma —dice Frederick—. Ha
estado siguiendo la situación. Y ella considera que ustedes deben prepararse.
No solo para sobrevivir… sino para sostener el mundo, si llega a temblar.
Celestine cierra los ojos un instante.
Luego, asiente.
—Entonces acepto. Si Ankler
confía en nosotros… también lo haré, porque confió en ella como si fuera parte
de mi familia.
—Y yo también —dice Natalie, sin
perder su tono bromista—. Pero exijo un día libre a la semana y sin esferas mágicas
locas.
Frederick suelta una risa breve.
Yo, en cambio, no.
—Yo no soy amigo de nadie aquí.
Solo de ella —murmuro, señalando a Shion sin mirarla—. Pero si esto es parte
del trato, lo haré.
—Theren Solhart los entrenará
—anuncia Frederick—. No pertenece al personal de la academia. Pero es alguien
en quien confío más que en muchos de estos muros.
Y así, al día
siguiente, nos vemos con Theren en el campo de entrenamiento. Su presencia es
como una forja: calor, amenaza y firmeza. Su cabello oscuro como el carbón
brilla bajo el sol como el filo de la obsidiana. Lleva una espada en la
espalda, aunque parece no necesitarla.
—¿Este es el
grupo elegido por los cielos? —dice, cruzado de brazos—. Me hace falta una
copa.
—¿Qué se
supone que haremos? —pregunta Natalie.
—Primera
prueba. Sin instrucciones. Sobrevivan… o al menos no se maten.
Theren da un
paso hacia adelante, estira el cuello y sonríe con malicia.
—Luchen contra
mí.
—¿Qué? —dice
Shion, perpleja.
—¿Estás
bromeando? —dice Celestine, levantando una ceja.
—No. Cuatro
contra uno. Y aun así, dudo que dure más de tres minutos. Comiencen cuando
quieran.
No hace falta
que lo repita.
Natalie es la
primera en moverse. Revela sus garras, brotadas de sus propias manos, y carga
como una fiera. Theren esquiva el primer zarpazo con facilidad, pero no el
segundo: una de las garras roza su chaqueta, arrancando una línea de tela.
—Interesante
—dice él.
Celestine alza
ambas palmas y lanza una onda de luz que busca cegar. Shion alza los brazos con
una plegaria en voz baja; el rocío del campo se alza y gira en torno a nosotros
como un halo protector.
Yo no uso mis
llamas negras. Pero corro con la daga en mano. Un golpe rápido al costado.
Theren se
mueve como si danzara entre nuestras intenciones. Esquiva a Natalie con un
giro, detiene mi avance con un empujón de aire caliente que me hace
trastabillar, y luego lanza un pequeño chorro de fuego a los pies de Celestine.
—¿Eso es todo?
¿Palabras lindas y chorritos mágicos?
Natalie no
espera más. Da un salto hacia atrás, activa su arco de ramas vivas, y dispara
una flecha que se multiplica en el aire con energía floral. Theren levanta una
muralla de calor que hace que las hojas se marchiten antes de tocarlo.
Celestine se
concentra, y lanza un rayo de luz que corta el aire como una hoz brillante. Él
se ve obligado a girar y bloquear con ambas manos envueltas en fuego. Por
primera vez, parece tenso.
—Bien. Eso sí
fue interesante.
—¡Ahora,
Shion! —grita Celestine.
Shion extiende
los brazos. El agua cercana se eleva y forma una lanza cristalina. La lanza
vuela hacia Theren, que la parte con la mano desnuda… pero su brazo queda
empapado. Una distracción.
—¡Kaelen!
—grita Natalie.
No quiero
hacerlo. Pero lo hago. Cargo con mis llamas normales, no las negras, y trato de
sorprenderlo por el flanco.
Me detiene con
un codazo en el pecho. Caigo de rodillas. Escucho su voz.
—Sigues
conteniéndote.
—Y tú sigues
hablando.
Aparezco a su
espalda. Esta vez con un fuego más oscuro que rojo. Una chispa negra roza su
hombro.
Él se detiene.
—…¿Qué fue
eso?
—Mi límite.
Él me observa.
Pero es demasiado tarde. Celestine aparece desde el frente con un segundo rayo
de luz. Shion refuerza la defensa con una cúpula de agua bendita, mientras
Natalie, sin previo aviso, se lanza desde un ángulo ciego con ambas garras encendidas
por la savia mágica de su afinidad.
Una
combinación perfecta, por un instante.
Theren libera
un aura de calor tan intenso que distorsiona el aire y rompe todo en un solo
pulso: el agua se evapora, las luces se dispersan, y Natalie cae de espaldas,
aturdida.
—¡Basta! —dice
él, entre risas—. ¿Qué fue eso? ¿Un duelo elemental en plena pubertad?
Silencio.
Todos estamos en el suelo, de una forma u otra. Yo me apoyo en una rodilla.
Shion tose. Celestine controla su respiración. Natalie maldice entre dientes.
Theren nos
observa con una mezcla de decepción y orgullo.
—No importa lo
que los une. Importa lo que construyen. Si no se eligen ustedes… alguien más lo
hará. Y no va a preguntar si están listos.
El campo de entrenamiento huele a
vapor y tierra húmeda. El sol ya no está en lo alto; se ha corrido hacia el
oeste, como si también quisiera descansar.
Nos sentamos bajo la sombra de
una torre de piedra. Nadie habla por un buen rato. Shion se ocupa en limpiar
una herida de Natalie con su magia. Celestine observa sus propias manos, como
si aún pudiera ver la luz que lanzó. Yo juego con una piedrita, lanzándola y
atrapándola en el aire. Natalie chasquea la lengua cada vez que Shion le toca
una costilla rota.
—Agh… necesito una revancha
—gruñe Natalie.
—¿Con Theren? —pregunto,
escéptico.
—No, contigo. ¿Qué fue esa
llamarada negra?
Me encogí de hombros.
—Un mal hábito.
Celestine gira el rostro hacia
mí.
—¿Es eso lo que temes?
No respondo. Pero no hace falta.
Ella lo entiende.
—Lo controlaste bien —dice Shion,
con una sonrisa suave—. No te dejaste llevar.
—Es un comienzo —añade Celestine,
y por un segundo, sus ojos plateados no parecen tan distantes.
Natalie se recuesta en el pasto,
brazos tras la cabeza.
—No peleamos tan mal juntos… para
ser un grupo improvisado por la profecía de las lunas y el capricho de un
profesor medio chiflado.
Shion ríe, bajito. Es la primera
vez que la escucho reír así.
—¿Entonces esto es real? ¿Vamos a
seguir como un grupo?
—No lo sé —dice Celestine—. Pero
si Ankler lo pidió… debe haber un motivo.
El nombre aún nos pesa. No lo
entendemos, pero lo sentimos.
Yo resoplo.
—No tengo ganas de hacerme amigo
de nadie —digo, más por costumbre que por convicción.
—Perfecto —Natalie gira hacia mí
con media sonrisa—. Porque tampoco estoy buscando uno. Pero si vamos a luchar
juntos… prefiero saber que no me dejarás morir.
—Tú tampoco, ¿no?
—Ni por error.
Silencio. Luego risas.
Shion mira el cielo.
—Quizá no somos lo que la
profecía esperaba… pero somos lo que tenemos.
Celestine asiente. Lento. Con
algo de orgullo, o tal vez resignación.
—Entonces… será mejor que
aprendamos a confiar. Aunque sea un poco.
—Un poco —repite Natalie.
Yo no digo nada. Pero me quedo…
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