Carta 8. “La Alquimista de las Sombras”

Carta 8. “La Alquimista de las Sombras”
Escrita por: Lysara Valdemore

“Un Arcano no es un elegido. Es una semilla. Solo hace falta un suelo fértil, una voluntad moldeada… y alguien dispuesto a quemarlo todo por su florecimiento.”
-
Averan Dreylis.

La alquimia es la ciencia de la transmutación. Pero lo que pocos comprenden es que no se trata solo de transformar la materia. Se trata de entenderla. De dominar sus leyes y reescribirlas, si es necesario.

Yo lo comprendí desde muy joven. Nací en el seno de la Casa Valdemore, una rama menor de la nobleza nocthariana, donde la magia no era una bendición, sino un deber. Mientras otros niños jugaban con sus primeras chispas elementales, yo estudiaba la naturaleza del cambio: el calor que convierte el plomo en vapor, la runa que encadena la sombra a un metal, la fórmula que da al cristal la voluntad de latir.

Algunos me llaman prodigio. Yo prefiero “resultado lógico”. Si se dedican años al estudio, si se observa con rigor, si se honra el conocimiento con obediencia… entonces los resultados llegan. No hay misterio. No hay milagros. Solo causa y efecto.

Por eso, cuando llegó ella —la princesa lunar, la elegida de los cielos, la que todos miran como si caminara sobre agua—, supe que mi mundo se tambalearía. No por miedo. Por fastidio.

Celestine Seraphyde. Incluso su nombre suena como un conjuro destinado a eclipsar a los demás. No buscó su lugar en el mundo. Se lo entregaron. Poder, belleza, gracia, todo envuelto en una luz plateada que hipnotiza incluso a los más críticos.

Yo, en cambio, me forjé. No fui tocada por una profecía. Fui tocada por la disciplina. Y, sin embargo, aquí estamos, compartiendo las mismas aulas. Como si su destino y mi esfuerzo fueran equivalentes.

Pero no lo son.

Y hoy pienso demostrárselo.

El campo de duelos de Thalvarion no era un simple sitio de práctica: era una reliquia viviente. Las losas negras respiraban poder antiguo, y los pilares rúnicos resonaban con ecos de batallas pasadas.

Pero para mí, era más que historia. Era juicio.
Y yo estaba lista para ser juzgada... y vencer.

Celestine Seraphyde ya se encontraba en el centro del círculo cuando llegué. Vestía el uniforme reglamentario con una naturalidad insultante. En su pecho brillaba un broche de plata con el símbolo real. Todo en ella exhalaba equilibrio, esa armonía molesta que uno no aprende, simplemente... es.

Nos saludamos. Yo no incliné la cabeza.
Ella sí.

—Que nuestros poderes encuentren su límite en el respeto —dijo.

—Mi poder no tiene límites —respondí. No era jactancia. Era verdad. Porque aún no lo había probado del todo.

El profesor alzó la mano. El duelo dio inicio.

Sin palabras, tracé con mis dedos un círculo rápido, canalizando la oscuridad a través de mis guantes. De él emergió mi primera creación: Raveth, mi sabueso sombrío. Un ente de cuatro patas, con hocico de humo sólido, garras de obsidiana y ojos gemelos a los míos.

No necesitó órdenes.
«Aplástala», fue suficiente.

Raveth se lanzó como un proyectil vivo. Celestine alzó una mano, invocando una barrera de luz curva, suave y sin bordes. Raveth no colisionó: se detuvo a centímetros, como si una fuerza invisible le recordara que no debía profanar ese espacio.

—Raveth... ¿vacilas? —susurré, sintiendo el pulso de la criatura en mi alma.

No era miedo. Era... contención. Como si esa luz lo hubiera comprendido y le hubiera ofrecido una pausa.

Enfurecida, canalicé una segunda invocación.

Dos esferas flotaron a mi alrededor. Una contenía polvo de noche cristalizada; la otra, un fragmento de sangre umbría, solidificada con alquimia arcaica. Las comprimí con una palabra:

—Almira.

Del cielo cayó un rayo de oscuridad plegada que se materializó en una criatura serpentina, con alas rasgadas y cuerpo afilado. La vinculé a Raveth con un lazo de voluntad: dos conciencias unidas en danza coordinada.

Ambos atacaron por flancos opuestos.

Celestine no retrocedió. Dio un solo paso al frente.

Con un gesto, una luna menor surgió tras su espalda: no era una ilusión. Era una condensación de su magia. Un orbe de plata líquida que flotaba, giraba y latía con su corazón. Con cada latido, una onda de luz se extendía, descomponiendo la oscuridad a su paso sin violencia.
Solo... deshaciéndola.

—No quiero destruir tus criaturas, Lysara —dijo, en voz baja.
—Entonces ya perdiste. —escupí sin una pizca de dudas.

Almira llegó primero. La luna-orbe giró y lanzó un haz curvo que la envolvió. La criatura chilló, no de dolor, sino de interrupción. Su conciencia fue apagada sin daño físico. Raveth, indignado, se arrojó hacia su flanco... y Celestine lo recibió con la palma abierta.

Por un segundo... todo se detuvo.

No oí al público. No sentí al profesor.
Solo vi la escena: luz y sombra tocándose.

Raveth no se deshizo. Se quedó quieto. Sus ojos me buscaron. Como si me preguntara si de verdad deseaba seguir. Celestine lo acarició, y el ente se desvaneció por voluntad propia.

Eso me rompió algo. Yo no lo había liberado. Él se fue.

Mi furia me llevó más allá del límite permitido. Saqué de mi cinturón un frasco sellado: uno de los prohibidos. Oscuridad pura, destilada en los sótanos de la Casa Valdemore. Un extracto de emociones negativas comprimidas en alquimia etérea.

—¡Sareth! —grité, rompiéndolo contra el suelo.

La oscuridad que surgió no tenía forma al principio. Solo una presencia. Un susurro.
De ella emergió algo... inestable. Aún obediente, pero errante. De seis patas, con cuerpo translúcido y múltiples ojos que no parpadeaban. Su nombre no estaba claro. Su voluntad, sí: actuar.

Celestine frunció el ceño por primera vez.

—Eso ya no eres tú.
—¿Y tú qué sabes de mí? —escupí.

Ella alzó ambas manos. La luna que flotaba tras su espalda descendió y se partió en dos mitades giratorias. La luz cambió: ya no era serena. Era firme. Un juicio.
Un límite.

Las dos mitades impactaron contra mi creación. No la destruyeron. La purificaron.
Su forma se rompió en partículas violetas.
Su voluntad fue liberada.

Y yo caí de rodillas.

Mi poder... no había fallado.
Pero había sido domado.

El profesor intervino. Detuvo el duelo.
No hubo vencedor. No hubo castigo.
Solo silencio... y un aplauso contenido.

A ella.
Siempre... a ella.

Todos la aplaudieron. A ella. Por “contenerme”. Por su “sabiduría”.

Y yo, la alquimista de Noctharion, la que invoca conciencia desde la oscuridad... fui una nota al pie.

 

Las sombras de los pasillos de Thalvarion eran más densas después de una batalla.
O quizás era yo.

Caminaba sola. Siempre caminaba sola después de invocar demasiado. Las criaturas dejaban un rastro en mí. Un eco. Una soledad que no se podía explicar.

Me detuve cerca del ventanal de la Torre Este. La vista daba a los patios de entrenamiento, teñido por la luz de las lunas. Observé mi reflejo en el vidrio.

¿Qué viste en Celestine, Raveth? ¿Qué te hizo detenerte?

—Fue más que un duelo. Y tú lo sabes.

Reconocí la voz.
Su tono no era hostil, pero venía con peso. Con juicio.

Me giré.
Era Natalie.

Mismo tamaño que yo. Pelo rosa, recogido en una trenza suelta. El aire olía a hojas frescas y a flores a punto de florecer: su magia siempre la delataba.

—¿Vienes a sermonearme como su perra fiel?

Sus cejas se fruncieron, pero se contuvo.

—Vengo porque no quiero que te pierdas en algo que no entiendes. No vine por Celestine.

—Claro. La princesa celestial no necesita defensa.

—¿Ves? —su voz fue baja, firme—. Ya estás distorsionando todo.

—No entiendes cómo es tener que forjar tu lugar con sangre y control. Yo soy la única de mi familia con un Arcano, y aún así… no es suficiente.

—¿Y crees que para ella es fácil? ¿Que no carga nada? La miras como si fuera un sol inalcanzable, Lysara. Pero Celestine también tiene miedo. También se pregunta si su poder vale algo más allá del título.

Me mordí el labio.

—¿Y por qué me dices esto?

—Porque tú no eres mi enemiga. Y porque aunque te niegues a verlo, tú y Celestine son más parecidas de lo que crees. Ambas viven con el peso de un poder que nadie más entiende.

—Yo no tengo coronas ni destino escrito.

—No. Tú tienes el derecho de elegir quién quieres ser. Así que no te conviertas en alguien que solo odia lo que no comprende.

Hubo un silencio largo. Mi sombra tembló. Raveth aún no regresaba del todo.

—¿Y si ya es tarde?

—Entonces empieza por no volver a atacar a alguien con intención de romperla.

Se fue antes de que pudiera responder.
Pero sus palabras… no se fueron.

Los largos corredores de piedra de la academia parecían estrecharse a mi alrededor, como si el mismo edificio respirara con una intención oculta. El eco lejano de mis pasos resonaba, pero en mi mente el ruido era otro: el peso de las palabras de Natalie me golpeaba con fuerza, en un vaivén de dudas y certezas.

Mis dedos temblorosos rozaban el borde del arco de una ventana alta, desde donde podía ver las aguas oscuras del lago ceniza reflejando el brillo tenue de las dos lunas. El aire fresco se colaba, como un susurro helado que me erizaba la piel.

Una sombra se proyectó tras de mí. El director Averan Dreylis apareció con paso silencioso, envuelto en la austeridad de su túnica oscura y una mirada penetrante que parecía leer cada fisura de mi alma.

—Lysara —su voz era baja, suave, casi un susurro, pero cargada de autoridad—. Te he visto inquieta estos días.

No quise mirarlo. Respiré hondo, tratando de calmar la tormenta dentro de mí.

—No es asunto tuyo —respondí con un filo en la voz.

Pero Averan no se movió, sólo se acercó un poco más, invadiendo mi espacio sin necesidad de tocarme.

—La magia —dijo, con paciencia— no es solo fuerza bruta ni capricho. Es conocimiento. Control. Evolución. Tu Arcano es único, Lysara. Pero estás desperdiciando su verdadero potencial.

Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de esperanza y recelo brotando en mi pecho.

—¿De qué hablas? —pregunté, clavando mis ojos en los suyos.

Él me estudió con una sonrisa casi imperceptible, como si supiera que su siguiente palabra sería decisiva.

—Tus invocaciones, esas criaturas que moldeas con la oscuridad, no son simples extensiones de tu voluntad. Son fragmentos de la sombra primordial misma, dispuestos a obedecerte. Pero imagina… si pudieras perfeccionarlas, controlarlas sin riesgo alguno, elevarlas a un nivel superior.

Sentí un cosquilleo inquietante bajo la piel, como si las sombras mismas se despertaran bajo mis dedos.

—¿Y qué gano con eso? —mi voz era un susurro casi temeroso.

—Poder —respondió él—. Seguridad. Ya no temerás perder el control, ni que tus creaciones se vuelvan contra ti. Podrás derrotar a cualquier rival, incluso a Celestine, sin dudar.

El silencio cayó como un peso. Mis pensamientos se enredaron en una telaraña de miedo y ambición.

Pero entonces, las palabras de Natalie rompieron ese torbellino:

“Tú y Celestine son más parecidas de lo que crees... No te conviertas en alguien que solo odia lo que no comprende.”

Recordé la sinceridad en su voz, la ternura oculta tras su firmeza.

Respiré hondo, enderecé los hombros y miré al director con ojos llenos de determinación.

—No necesito de conjuros ni técnicas —dije con voz clara—. No quiero perder lo que soy solo para ganar poder.

Buscaré mi propio destino, uno que no esté forjado en las sombras de otros.

Averan me observó, sus ojos brillando con un respeto frío, pero también con una advertencia velada.

—Muy bien, Lysara.

El camino que eliges es peligroso y solitario.
Pero también es el único que te pertenece.
Prepárate. Porque la oscuridad que llevas dentro no siempre será tu aliada.

Con eso, se giró y se perdió entre las sombras del pasillo.
Me quedé sola, la brisa nocturna mecía mis cabellos y un frío extraño recorrió mi espalda.

El eco de sus palabras, mezclado con las de Natalie, seguía latiendo en mi pecho.
El destino me llamaba.
Y yo, Lysara Valdemore, estaba decidida a enfrentarlo a mi manera.

No hay mayor silencio que el que queda cuando la rabia se disuelve.

La vela de obsidiana flotaba sobre mí, su luz oscilando como si dudara de existir. Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la fría pared de mi habitación, el grimorio abierto sobre mis piernas como un gato dormido que no quería molestar. Mis dedos recorrían los grabados del borde, cada línea una cicatriz, cada símbolo, una promesa rota.

—Hoy no fue mi mejor día, ¿cierto?

No necesitaba respuesta. Pero igual la busqué en ellos.

Raveth estaba tendido a mi lado, su pelaje hecho de humo oscuro se fundía con las sombras del suelo. Solo sus ojos, esos dos faros violetas, me miraban con una lealtad que dolía. ¿Cómo podía seguir viéndome así después de lo que hice?

Almira, elegante como siempre, se deslizaba por el borde del escritorio, su cuerpo serpentiforme dejando un rastro sutil de oscuridad viva. Me observaba sin juicio, como si supiera que las decisiones equivocadas no me definían.

Sareth flotaba cerca del techo, pulsando con una energía densa, irregular. A veces me preguntaba si él entendía, si sentía. Pero lo cierto es que, de alguna manera, siempre reaccionaba cuando más lo necesitaba.

—Quise demostrar que soy fuerte… única. Que puedo estar a la altura —dije en voz baja, como si confesara algo prohibido—. Pero todo lo que logré fue perder el control. Usarlos a ustedes como armas. Como si solo fueran parte de mi rabia.

Raveth apoyó su gran cabeza sobre mis piernas. Acaricié su lomo de niebla con lentitud.

—No. Ustedes no son herramientas. Nunca lo fueron. Son… parte de mí.

Cerré los ojos.

Las palabras de Natalie seguían resonando. Me había enfrentado con firmeza, sí, pero también con algo que no esperaba: compasión. ¿Cómo podía alguien tan cercana a Celestine tenderme una mano? ¿Decirme que no éramos tan distintas?

Respiré hondo. Me temblaban los dedos.

—No quiero que ella me defina. Ni Celestine, ni Natalie, ni el director, ni nadie. Quiero elegir en qué me convierto. Y si voy a superarla… será porque soy mejor, no más cruel.

Almira descendió, deslizando su cuerpo alrededor de mis tobillos, y por un momento sentí que todo estaba en equilibrio. Que bastaba con esa promesa: la de ser más fuerte, más precisa, más yo.

Fue entonces que lo sentí.

Un susurro sin voz. Un temblor que no venía del suelo, sino del aire mismo.

Levanté la mirada.

Las sombras en la habitación no se movían. No respiraban. Ni siquiera respondían a mi magia.

—¿Qué…?

Sareth titiló en el aire, inestable. Raveth se incorporó con un gruñido bajo y profundo. Almira se irguió, silente. Todos lo percibieron. El peligro. La intrusión.

Un círculo mágico empezó a dibujarse bajo mis pies. Azul oscuro con trazos de ébano. No era mío.

—¡No! ¡No, esto no es mío!

Intenté cerrar el grimorio, pero ya era tarde. Las líneas estaban selladas al suelo. Sentí cómo el vínculo con mis criaturas comenzaba a desgarrarse.

—¡Raveth, quédate! ¡Almira! ¡Sareth, resiste!

Uno por uno comenzaron a desvanecerse.

No como humo, sino como si los estuvieran absorbiendo, como si una fuerza mayor arrancara los hilos que los ataban a este mundo.

—¡No, no, no! ¡LOS NECESITO!

Intenté sujetarlos. Grité sus nombres. Pero no me respondieron. No podían.

Raveth fue el último. Sus ojos me miraron hasta el último instante. Sin reproche. Solo una tristeza imposible de soportar.

Y entonces apareció él.

Una figura que emergió desde la misma pared, como si la piedra no fuera más que un telón. Una túnica del color del hollín, una máscara de obsidiana. No hablaba. No respiraba. Pero entendí su propósito con solo verlo.

—El director… —murmuré, la garganta seca—. Fue él. Todo esto…

El emisario extendió la mano.

Intenté levantarme. Invocar algo. Lo que fuera. Pero el círculo ya me había atrapado. Era como si mis propios nervios se apagaran, uno por uno. Caí de rodillas. El suelo se partió en líneas de luz oscura, y la habitación se estiró, se dobló, se quebró como cristal en agua.

No podía respirar.

No podía gritar.

Solo me quedaba una última certeza, antes de que todo se apagara.

No era odio lo que sentía.

Era miedo.

Y la promesa, grabada en mis entrañas, de que volvería. Que los recuperaría. Que demostraría de qué estaba hecha.

Aunque tuviera que romper el cielo para lograrlo.

Desperté en tinieblas.

No las sombras acogedoras del crepúsculo de Noctharion ni la penumbra protectora de mi habitación. No. Esta oscuridad era distinta. Estaba viva. Palpitaba, susurraba, como si esperara que abriera los ojos para devorarme.

El suelo bajo mí era frío y liso, marcado con símbolos que reconocí como antiguos: círculos de contención, sellos de supresión. No eran para protegerme. Eran para encerrarme.

Intenté moverme, y mis músculos respondieron con torpeza, como si hubiera dormido siglos.

—Al fin despiertas —dijo una voz masculina, con el tono de quien no había tenido con quién hablar en mucho tiempo, pero disimulaba el alivio tras una capa de sarcasmo.

Me giré lentamente hacia el sonido.

Sentado dentro de otro círculo idéntico al mío, a escasos metros, estaba un joven. Pelo castaño oscuro, desordenado como si ya no le importara. Su postura era relajada, como la de un animal que ha dejado de forcejear con su jaula, pero sus ojos... sus ojos quemaban con una furia contenida.

—¿Dónde estoy? —logré decir. O más bien, susurré.

— Si estás preguntando por ubicación física… bueno, algún tipo de cámara sellada bajo Thalvarion, supongo. confianza —respondió, con una sonrisa torcida—. No tengo un mapa. Si estás preguntando por situación moral, bienvenida al club de los experimentos de Averan Dreylis.

El nombre cayó como un trueno en mi pecho.

—¿El director? —mi voz se quebró. No por miedo. Por indignación. Por traición. No hace ni unas horas había compartido con él palabras. Una oferta velada, una amenaza disfrazada de promesa.

El chico soltó una risa seca.

—Sí, ese. ¿Qué te ofreció a ti? ¿Poder? ¿Control? ¿Verdades envueltas en mentiras?

—Nada —dije, con los dientes apretados—. Y no acepté.

—Buen instinto. Llegué tarde a esa lección. Yo era su ayudante. Me llamo Iskander Krofler, por cierto. Amante del té amargo y de las mujeres mayores. También resulta que soy el portador de un poder único, un arcano, el IV para ser más específico.

Mi corazón se detuvo un segundo.

El Soberano.

—¿Por eso estás aquí?

—Entre otras cosas. Averan no tolera variables fuera de su control. Cuando descubrió que yo tenía un Arcano, se sintió… decepcionado. Luego me encerró aquí como si fuera uno de sus libros prohibidos. Llevo seis meses contando grietas en estas paredes.

Su tono sarcástico no ocultaba el odio. No era el tipo de rencor pasajero. Era una rabia que se había cocinado a fuego lento, y aún ardía.

—Yo soy…—mi voz se quebro.

—Un arcano, ¿cierto? — Expreso Iskander mientras me miraba y por primera vez, no hubo burla en sus ojos. Solo comprensión. —Entonces tienes algo que él codicia.

Asentí.

Y fue en ese momento que el aire cambió.

El símbolo bajo mis pies vibró con una energía nueva. Iskander se puso tenso.

—Viene —dijo simplemente.

Una figura surgió al fondo del pasillo. Su silueta era inconfundible, incluso envuelta en sombras. La túnica, el caminar sereno, esa presencia que imponía incluso cuando callaba.

Averan Dreylis.

No necesitaba verlo de cerca para saber que era él. Su magia tenía un aroma. Un eco. Un filo.

Pero entonces… todo se volvió borroso. Mis ojos pesaron como plomo. Un segundo círculo, escondido bajo el primero, se activó. Un hechizo de sueño, meticuloso, casi indetectable.

Mi visión se derrumbó.

Y lo último que vi fue esa figura, caminando hacia nosotros. Lo último que escuché fue la voz amarga de Iskander:

—No dejes que te rompa.

Y entonces… nada.

Un abismo sin estrellas me envolvió...

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