Carta 9. “Donde Empiezan las Ausencias”

Carta 9. “Donde Empiezan las Ausencias”
Escrita por: Natalie Roa.

“Algunas conexiones no las forjamos… las recordamos. Como si el alma supiera lo que el corazón aún teme decir. Tú la miras como una desconocida, pero tu magia ya la ha llamado por su nombre.”
- Ruby Ziel.

Desperté con una sensación incómoda en el pecho. No era un presentimiento claro ni una visión mágica, pero algo no encajaba en la atmósfera de ese día. El aire tenía un sabor raro. Demasiado quieto. Demasiado... ausente.

Fui directo al pasillo del ala oeste, donde se encontraba la habitación de Lysara. Aunque solía madrugar para entrenar, nunca me iba sin antes pasar por ahí. A veces era para cerciorarme de que no estuviera tramando nada peligroso, otras... simplemente porque me preocupaba por ella, aunque me costara admitirlo.

Toqué la puerta. Una vez. Dos. Nada.
—Lysara, ¿estás ahí? —pregunté sin elevar la voz. Esperaba escuchar uno de sus típicos comentarios sarcásticos como respuesta. Pero el silencio me devolvió un eco inquietante.

Decidí abrir.

La habitación estaba en penumbra, pero no como cuando ella la usaba, rodeada de su aura oscura pero viva. Esta vez... sentí frío. No el de la temperatura, sino el de la ausencia. Sus cortinas estaban entreabiertas, como si se hubieran movido con prisa. La cama estaba revuelta, el edredón arrugado, sin las marcas regulares de alguien que duerme tranquilo.

Miré alrededor. No había señales de sus criaturas. Ni Raveth, ni Amira, ni siquiera esa pequeña esfera elemental que flotaba a su lado a veces. Era como si se los hubiera llevado... o peor, como si hubieran desaparecido con ella.

Mi garganta se cerró. Sentí que algo se deslizaba por dentro de mi pecho, un nudo que no lograba aflojar.
—No puede ser... —murmuré.

Revisé la estancia, esperando que estuviera simplemente en el baño, meditando, encerrada con alguna invocación compleja. Pero no. Cada rincón gritaba su ausencia.

Un cuaderno estaba abierto sobre su escritorio, pero no había ninguna anotación nueva. Solo garabatos. Dibujos que parecían hechos con rabia... o desesperación.

Algo no estaba bien. No lo estaba desde hacía días, pero nadie más quiso notarlo.
Yo sí. Siempre noto ese tipo de cosas. Porque yo también he sentido lo que es desaparecer por dentro mientras todos miran hacia otro lado.

Y esta vez, no lo iba a permitir.

Mi instinto legoriano me alertaba, una sensación oscura que había aprendido a reconocer: algo no encajaba. No había ni una sola señal de Lysara en su habitación, ni rastro de energía, ni objetos fuera de lugar... salvo por una sola excepción.

El grimorio que siempre llevaba con ella y sus pertenencias habituales habían desaparecido, como si alguien las hubiera tomado con cuidado para no dejar huellas.

No encontré signos de sus habituales manifestaciones o magia. Ni siquiera un vestigio mínimo. Era como si se hubiera desvanecido sin dejar rastro alguno.

Algo no estaba bien.

Al salir, me dirigí rápidamente hacia la cafetería de la academia, con el corazón acelerado y la mente en tormenta.

Allí los encontré: Celestine, Kaelen y Shion, conversando distraídamente entre ellos.

Sin poder contener la urgencia, me acerqué y los interrumpí.

—Lysara no está. No la encuentro por ningún lado —dije, con voz entrecortada—. Su habitación está vacía, sin rastro alguno. No hay señales, nada que indique adónde pudo haber ido.

Sus miradas cambiaron al instante, el ambiente se tensó.

Sabía que no podía esperar más.

Me senté frente a ellos, tratando de mantener la calma, pero el nudo en la garganta me delataba.

—No puedo explicar bien cómo lo siento —comencé con voz temblorosa—, pero mi instinto legoriano me dice que algo va muy mal. Lysara no se habría ido sin avisar. Jamás haría algo así sin dejar señales.

Kaelen me lanzó una mirada dura, apenas disimulada.

—No me sorprende que estés preocupada, pero Lysara... no es alguien de quien uno pueda fiarse fácilmente. Lo que pasó en esa batalla dejó claro que sus intenciones no son tan claras como parecen.

Shion, siempre tan serena, ladeó un poco la cabeza, pensativa.

—Sea como sea, si Lysara desapareció sin dejar rastro... podría estar en grave peligro. No podemos descartar nada.

Celestine me observaba con atención, sus ojos plateados suaves pero llenos de determinación.

—¿Tienes alguna pista? ¿Algo que podamos usar para rastrearla?

Negué, apretando los labios.

—Nada. Su grimorio no está, sus pertenencias tampoco. Es como si alguien la hubiera borrado de este lugar, de nuestras vidas.

Hubo un silencio cargado de tensión, la gravedad de la situación pesaba en el aire.

Decidí abrir un poco más mi corazón, confiando en ellas.

—Lysara me recuerda a alguien que fui antes. Cuando yo estaba perdida, sola en las sombras, fue el rey Aelric quien me encontró. Me salvó. No solo la vida, sino también el propósito. Por eso, cuando Lysara desaparece así, siento que es como si ese pasado se estuviera repitiendo... y temo que se pierda para siempre.

Celestine inclinó un poco la cabeza, sus ojos destellando con una mezcla de sorpresa y calidez.

—¿El rey Aelric? —murmuró, como si sus palabras despertaran un recuerdo profundo—. Así es como te convertiste en mi guardia personal, ¿verdad?

Asentí.

—Sí. Le juré lealtad ese día, y él me llevó a Elyndor, me entrenó, me hizo fuerte para protegerte. Pero también me enseñó a nunca perderme a mí misma, y por eso no puedo quedarme de brazos cruzados.

Celestine dejó escapar un suspiro suave y extendió la mano, tomando la mía con delicadeza.

—No estás sola, Natalie. Aunque Lysara y tú no sean amigas, este grupo es un equipo. Y estamos aquí para ayudarnos.

Sentí cómo un calor reconfortante me invadía. En ese momento entendí que no estaba sola.

Kaelen, que había estado observando en silencio con expresión seria, habló con voz más firme y decidida.

—No podemos actuar a ciegas ni con impulsos. Debemos hablar con el profesor Frederick, él tiene experiencia con amenazas oscuras y puede ayudarnos a entender qué está pasando.

Shion asintió.

—Estoy de acuerdo. Necesitamos un plan claro, y rápido.

Celestine apretó mis dedos con un gesto de apoyo.

—Entonces vamos. Prometo que hare lo que sea por una amiga como tu.

Respiré profundo, apretando los puños con determinación.

Mientras avanzábamos por los pasillos de la academia, sentí que la ausencia de Lysara se volvía un peso insoportable en mi pecho. En medio del silencio, mis pensamientos me arrastraron a un pasado que había intentado dejar atrás, pero que hoy volvía a hacerse presente con fuerza.

Recordé la noche en que todo cambió, cuando tenía solo cinco años. Había quedado huérfana y, sin nadie que me cuidara, tuve que buscar refugio en un pequeño territorio de Liorgan, una tierra dura y sin piedad. Vivía en un refugio prestado, un rincón en el que intentaba sobrevivir.

Pero no podía pagar por ese lugar, y la tribu que allí vivía decidió expulsarme.

Recuerdo el día con claridad: la fría mañana en que los jefes de la tribu me miraron con desprecio y dijeron que ya no era bienvenida.

—No tienes cómo pagar, niña. Aquí no puedes quedarte —me dijeron, sin dejar espacio a súplicas.

Me quedé sola, sin hogar y sin esperanza.

Durante días, traté de cazar para comer, pero estaba débil, asustada y sin experiencia. En una de esas salidas, sufrí una herida grave: un corte profundo en la pierna por una rama afilada mientras huía de un animal salvaje.

Caí al suelo, incapaz de levantarme, con el dolor quemándome en la piel y la sangre manando sin control.

Fue entonces cuando Aelric apareció.

Lo vi acercarse con paso firme y ojos que irradiaban autoridad, pero también compasión.

—¿Qué haces aquí, niña? —preguntó, agachándose a mi lado.

—Estoy sola... me echaron de mi tribu —respondí con voz débil y apenas audible—. Estoy herida y no sé qué hacer.

Aelric no dudó. Con cuidado, me levantó y me llevó a un refugio seguro que él mismo preparó.

Durante días, me cuidó y protegió. Limpiaba mi herida, me alimentaba y me ofrecía palabras que me daban fuerza.

—Esto va a sanar. No estás sola ahora —me decía con firmeza.

Cada día que pasaba, sentía cómo recuperaba fuerzas, pero también cómo en mi interior crecía algo nuevo: la confianza y la esperanza.

Cuando estuve lista para caminar, Aelric me habló con solemnidad.

—Natalie, te ofrezco un nuevo hogar. Ven conmigo a Elyndor. Aquí estarás segura.

Yo no entendía aún que aquel hombre era el rey, pero algo en su mirada me hizo aceptar sin dudar.

Al llegar a Elyndor, me presentó a sus hijas.

Celestine me miró con curiosidad y un brillo especial en sus ojos plateados.

—¿Y tú quién eres? —preguntó, con una voz dulce y decidida.

Lynette, más distante y con su cabello corto, me estudió sin decir nada.

Aelric me tomó del brazo con firmeza.

—Ella se llama Natalie. Ha salvado su vida y ahora será la guardiana de Celestine. Protegerla será su deber, y en eso podrá saldar la deuda que tiene conmigo.

Mi corazón latía acelerado. ¿Proteger a una princesa? Para mí, esa promesa era más que un deber; era la oportunidad de redimirme, de encontrar un propósito verdadero.

—Lo haré —dije, mirando a Celestine a los ojos—. Te protegeré con mi alma.

Ella asintió, y en ese instante, supe que estaba dejando atrás al ser solitario y perdido que fui.

Ahora, mientras caminábamos hacia el despacho de Frederick, sentía ese vínculo renovarse. Lysara me recordaba a mí misma, aquella niña que fue salvada y que luchaba con su destino.

El peso del pasado me dio fuerza para enfrentar lo que estaba por venir.

—Kaelen, —dijo Celestine rompiendo mis pensamientos— deberíamos contar todo esto al profesor Frederick. Él sabrá qué hacer.

Kaelen asintió, con esa expresión seria que siempre toma cuando hay problemas.

—Es lo mejor. No podemos actuar sin información.

El grupo siguió adelante, pero en mi interior la promesa seguía firme. Proteger a Celestine era ahora más urgente que nunca.

Entramos al despacho de Frederick y sentí cómo mi ansiedad crecía con cada paso. La sala tenía ese aire serio y cargado que nunca me gustaba, pero esta vez era aún peor. Frederick nos recibió con una mirada que me hizo entender que él ya sabía algo.

Tomé aire y fui la primera en hablar, mi voz un poco temblorosa:

—Profesor, Lysara ha desaparecido. No está en su habitación ni en ningún lugar habitual. No hay rastros de ella en ningún lado.

Kaelen apoyó mis palabras con un tono frío:

—No hay señales de magia, ni manifestaciones. Es como si se hubiera esfumado.

Shion agregó con su calma habitual:

—La buscamos desde esta mañana. Creímos que debía saberlo cuanto antes.

Frederick frunció el ceño, sus manos apoyadas sobre el escritorio.

—Esto no es un hecho aislado —dijo serio—. Llevo tiempo investigando movimientos extraños alrededor de la academia y el reino. La desaparición de Lysara no es solo un incidente pequeño, es parte de algo mucho más grande.

Sentí cómo el peso de sus palabras me caía encima. Lysara.

—¿Quiere decir que alguien la secuestró? —pregunté, tratando de mantener la voz firme, aunque por dentro temblaba.

Frederick asintió.

—Exactamente. Y no fue solo ella. Hace seis meses ocurrió una desaparición similar, como si se hubieses esfumado del planeta. Iskander era el aprendiz del director Averal, y cuando se descubrió que Iskander era el portador del arcano IV, simplemente desapareció.

Mi corazón se apretó, pensando en lo frágil que era todo.

Celestine nos miró a todos con una mezcla de determinación y miedo que me hizo sentir que no estaba sola en esto.

—Hace unas semanas se revelo que Lysara era la portadora del arcano del alquimista. Un secreto que se manejaba en las altas cúpulas del reino de Noctharion. Desde la noticia, note que Lysara estaba siendo vigilada por gente que no partencia a la academia, mucho menos del reino de Noctharion.

Kaelen, siempre el más directo, tomó la palabra con voz firme:

—Tenemos que encontrarla antes de que sea demasiado tarde.

Frederick desplegó un pergamino antiguo en la mesa.

—Esto es un mapa con lugares relacionados a eventos previos a las desapariciones de Lysara e Iskander. Podría ser el punto de partida para nuestra búsqueda.

Me acerqué al pergamino, sintiendo que nuestra misión apenas comenzaba y que el peligro que se avecinaba era mucho más grande de lo que imaginaba.

Y entonces Frederick, tras un largo silencio, murmuró con gravedad:

—He seguido estos hilos en secreto… y cada uno de ellos termina en el mismo lugar: el despacho del director Averan Dreylis. No puedo probar nada aún… pero tengo razones para creer que él está involucrado.

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